Josefina la observaba con indiferencia, pero en ese momento notó un movimiento extraño de reojo. Volteó de golpe hacia una de las esquinas y cachó a un sujeto grabando la escena con su celular.
Se acercó a él a paso firme y le clavó una mirada filosa.
—¿Qué te pasa? Grabarme sin mi permiso es una invasión a mi privacidad. ¿Quieres que te meta una demanda?
El tipo se puso pálido del susto.
—Y-yo no te estaba grabando, estaba tomándome una selfie.
—Ah, ¿neta? —lo cuestionó ella con burla.
Josefina no le apartó la mirada helada.
—Pues te aviso de una vez: si llego a ver este video rondando en internet, voy a saber que fuiste tú y te va a caer todo el peso de la ley. No te la estoy haciendo de a broma. Tengo el dinero para contratar al mejor equipo de abogados y me sobra tiempo para arrastrarte a los tribunales.
Luego, sonrió con malicia y remató:
—Y como veo que a todos aquí les encanta andar de chismosos en lugar de trabajar, supongo que también tendrán tiempo de sobra para acompañarte en los juzgados, ¿o no?
Al oír esa advertencia, a más de uno en la oficina se le fue el color del rostro.
Sobre todo al mirón del celular. Él no era más que un empleado cualquiera, ¿de dónde diablos iba a sacar tiempo y dinero para pleitos legales?
De repente, a su mente llegó el recuerdo del rumor que vinculaba a Josefina con Benjamín.
¡El mismísimo Benjamín había venido a buscarla personalmente a la salida del trabajo!
¡Estaban hablando del dueño de Grupo Gutiérrez!
Y lo peor era que, esa vez, ella se había portado bastante grosera y a la defensiva con él... ¡Definitivamente no era cualquier parejita!
Con eso, el tipo aterrizó de golpe en la realidad.
De inmediato desbloqueó su celular y se lo mostró a Josefina.
—¡M-mira! Ya borré todo. Te juro que no lo voy a subir a ningún lado. Neta, perdón, la regué.
Al menos había tenido el sentido común de rajarse rápido.
La compañera, que todavía seguía en el suelo armando su show, tragó saliva al ver que su compinche se había acobardado.
Josefina paseó su mirada altiva por toda la sala, analizando la reacción de cada uno. Finalmente, volvió a clavar los ojos en la tipa que seguía humillada frente a ella y preguntó sin inmutarse:
Frente a esa actitud tan descarada, no le salían las palabras.
¡Se estaba burlando de ella en su cara!
La frustración le hervía en la sangre al punto de apretar los puños de coraje.
Josefina dio un paso al frente y la miró con absoluta frialdad.
—Magdalena Salinas, si tan solo te portaras como una persona normal y dejaras de armar relajo, juraría que para mí serías un fantasma más de la oficina. Pero como te encanta andarme fregando con tus tácticas de secundaria, no esperes que me quede cruzada de brazos. Si te crees tan lista, ve y convence a Benjamín de que firme los papeles del divorcio. A ver si ya divorciada y sin tener de dónde agarrarme, por fin dejo de hacerte la vida de cuadritos.
El cuerpo entero de Magdalena temblaba. Se aferró a la orilla de la computadora, encajando las uñas por pura rabia. En ese momento, daría lo que fuera por agarrarla a cachetadas.
Al ver que la muy hipócrita lograba controlarse, Josefina se aburrió de la escena. Le lanzó una última mirada de desdén y se burló:
—Échale ganitas. Si te apendejas, Benjamín va a terminar enredado con otra y te vas a quedar como el perro de las dos tortas.
Terminada la frase, dio media vuelta y caminó a su lugar para seguir con su libreto.
Magdalena rechinaba los dientes de la impotencia. Aún así, sacó su celular, le tomó una foto al teclado de la computadora todo empapado de café, y la subió a Instagram.
Eso sí, ajustó la privacidad para que esa publicación solo fuera visible para sus familiares.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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