A Josefina se le llenaron los ojos de lágrimas; tuvo que parpadear rápidamente y bajar la mirada para ocultarlas. Luchó con todas sus fuerzas para dominar sus emociones y no dejar que su abuela se diera cuenta de su angustia. Su único consuelo era la esperanza de que, una vez que el veneno desapareciera de su sistema, los síntomas de la anciana mejoraran.
La abuela apartó la vista de ella y clavó la mirada en la ventana. Ya había anochecido por completo; afuera todo era oscuridad y no se distinguía nada. A pesar de eso, no parpadeaba, como si estuviera sumida en un trance. Su rostro, marcado por la edad, lucía aún más demacrado y exhausto.
Josefina se levantó en silencio y fue al baño. Se echó agua fría en el rostro para recuperar la compostura. Al levantar la mirada y observar su propio reflejo en el espejo, un destello glacial cruzó por sus ojos. Que Andrés y Jimena se salieran con la suya le parecía inaceptable. ¡Ellos habían intentado asesinar a su abuela!
Josefina dejó escapar un suspiro denso y prolongado. Iba a cobrar venganza; se aseguraría de que Andrés y Jimena probaran la misma amargura y dolor que ella sentía.
—¿Y tú… qué haces aquí?
La voz rasposa de su abuela rompió el silencio del exterior.
Josefina salió rápidamente del baño y vio a Benjamín entrando en la habitación. La anciana lo observaba con mirada aletargada.
Benjamín notó de inmediato el estado preocupante de la abuela. Sin embargo, manteniendo una expresión ecuánime, le preguntó con voz suave:
—Vine a ver cómo seguía, señora. ¿Cómo se siente?
La anciana tardó unos instantes en procesar la pregunta.
—Tengo sueño. Ya me voy a dormir.
Mientras decía esto, acomodó lentamente su cuerpo para volver a recostarse.
El hermoso rostro de Josefina se frunció en un gesto de preocupación. En solo un día, su abuela ya había dormido muchísimo. ¿Era normal que estuviera tan letárgica?
—Abuela, aguanta un poco. Voy a buscar al doctor para hacerle unas preguntas —dijo.
La abuela, que estaba a punto de cubrirse con la manta, detuvo su movimiento, asintió despacio y volvió a apartarla.
—Está bien, ve con el doctor.
Josefina se volvió hacia Natalia.
—Por favor, no le quites el ojo de encima.
Natalia asintió con firmeza.
—No te preocupes, yo me encargo.

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