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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 51

Todos miraron a Josefina, que estaba de pie en las escaleras.

—¿Por qué fue ella? ¿Qué no es la tía del niño de los Gutiérrez?

—¡Dios mío, qué mujer tan perversa! ¡Atreverse a lastimar a un niño!

—Dicen que, como el señor Benjamín y la señora Magdalena tienen una relación algo dudosa, a ella le ganaron los celos y se desquitó con el niño.

Los murmullos llenaron el lugar mientras todos señalaban a Josefina y la juzgaban.

Magdalena se acercó corriendo. Primero miró a Alberto, que estaba inconsciente, y luego se tiró al suelo frente a Josefina para suplicarle.

—¡Josefina, si tienes algún problema conmigo, desquítate conmigo! ¿Por qué tenías que lastimar a mi hijo? ¡Apenas tiene tres añitos, no entiende nada, es un niño inocente!

Magdalena gritaba envuelta en llanto.

—¡Benjamín y Diego se llevaban muy bien! Cuando Diego falleció, a Benjamín le dio lástima que Alberto se quedara sin papá y por eso viene a verlo seguido. ¡Cada vez que él viene, yo ni siquiera estoy cerca! No sé de dónde sacaste el chisme de que Benjamín y yo tenemos algo que ver. ¡Todo es mentira! ¡Yo amaba muchísimo a Diego y jamás haría algo para faltarle al respeto a su memoria!

Lloraba a gritos, desahogando su frustración, y terminó rogándole desesperadamente a Josefina.

—Josefina, te lo suplico, desquítate conmigo. Pero no le hagas daño a mi hijo... Es lo único que me queda de Diego, es mi vida entera... No lo lastimes, por favor te lo pido...

Magdalena agachaba la cabeza sin parar, sollozando y pidiendo clemencia. Los presentes no perdían detalle de sus palabras.

—Con razón, el señor Benjamín solo iba a ver al niño. La señora Josefina se pasó de la raya, ¿cómo hace tremendo berrinche por unos celos infundados?

—Pobrecito niño, se quedó sin papá antes de nacer y ahora su propia tía lo trata así.

—Qué mente tan retorcida. Creer que su propio marido se acuesta con su cuñada... Esta mujer está loca.

Las miradas que todos le dirigían a Josefina estaban cargadas de desprecio y repulsión.

El lugar se volvió un caos por un momento.

Josefina seguía de pie en la escalera. Todo había pasado tan de repente que tenía la mente en blanco.

¿Ella había pateado a Alberto?

¿Qué necesidad tenía de hacer algo así?

—¡Yo no fui!

Le ardía la mejilla, pero no podía tolerar que la incriminaran de esa forma.

—¡Sí, me cae mal, pero no estoy tan enferma de la cabeza como para lastimar a un niño!

Andrés soltó un bufido despectivo.

—Eres una consentida y una insolente. Si algo no se hace a tu manera, armas un berrinche. ¡¿Qué más serías capaz de hacer?!

—¿Soy tu hija biológica y no me crees? —Josefina temblaba de pies a cabeza, sintiendo cómo un frío helado le calaba hasta los huesos.

—¡Preferiría no tenerte como hija!

Andrés la miró con asco y luego se dirigió a Magdalena:

—Ve a acompañar a Alberto. ¡Si le llega a pasar algo grave, te juro que no le voy a perdonar esto a esta inútil!

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