Jimena la tomó de la mano.
—Jose, no es lo que piensas. Magdalena también acaba de llegar, de verdad que ya no pensábamos celebrar nada.
—Ah, o sea que ella regresó, pero yo no puedo venir —respondió Josefina con una sonrisa amarga y los ojos llenándose de lágrimas.
—Papá, mamá... Parece que Magdalena Salinas es su verdadera hija, y yo soy la arrimada.
—¡Josefina!
—Justamente porque sabemos que no te llevas bien con Magda decidimos no invitarte —la reprendió Andrés—. Ya que estás aquí, compórtate. Hoy es mi cumpleaños, no me eches a perder el día.
Josefina los miró a todos uno por uno. Sus miradas estaban llenas de cautela, a la defensiva, como si pisaran huevos...
¿Tanto miedo le tenían?
Caminó a paso lento y dejó la caja del regalo sobre la mesa. —Feliz cumpleaños, papá.
Al ver esto, Andrés pensó que ella había entrado en razón, y su rostro mostró un atisbo de sonrisa. —Está bien, acepto el detalle. Ya que estás aquí, siéntate.
Pero Josefina no se sentó. En su lugar, clavó la vista en Magdalena.
—Felicidades, ganaste.
—Ya no necesitas pelear por nada. Te regalo a mi marido, nos vamos a divorciar.
—Y en cuanto a mis papás, ya que tanto querías quitármelos, también te los regalo.
Magdalena palideció. —Jose, yo no...
—¡Josefina! —le gritó Andrés—. ¡Deja de decir tonterías! ¡Hay un niño presente!
Josefina tenía los ojos enrojecidos, esforzándose por no dejar caer las lágrimas.
No podía permitirse arruinar su maquillaje.
—¿El niño? Pues pregúntale quién pasó la noche con él ayer.
Dirigió la mirada a Alberto, que ya se había acurrucado en los brazos de Magdalena. —A ver, Alberto... ¿verdad que anoche estuvo contigo Benjamín?
Alberto respondió con timidez: —Sí.
Tras la respuesta del niño, Josefina volvió a mirar a sus padres.
Ni Andrés ni Jimena dijeron una sola palabra.


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