Me encontraba en la entrada de la prisión con un pequeño bulto de ropa en mis manos. No podía creer que, después de tres meses, volvía a ver la luz del sol.
Di unos pasos fuera y, a lo lejos, vi decenas de autos estacionados a un lado de la carretera. Supe de inmediato de quién se trataba. Apreté los puños mientras sentía cómo mis dientes rechinaban de ira.
El mayordomo salió de uno de los autos y se acercó a mí.
—Señora, es un placer volver a verla. El señor Líbano la espera en el auto. Permítame ayudarla con su equipaje —dijo amablemente.
Asentí en silencio y caminé hasta el vehículo. Abrí la puerta del copiloto y subí, dejando claro que no tenía intención de sentarme junto a ese hombre cruel.
Por el espejo retrovisor, vi cómo me dedicaba una mirada de muerte. Su respiración se agitó poco a poco al notar mi decisión, pero giré el rostro con indiferencia. Si creía que me importaba molestarlo, estaba muy equivocado. Esos días habían quedado atrás.
El mayordomo tomó el volante y puso el auto en movimiento. Observé la ciudad a través del cristal. Nada había cambiado, todo seguía igual. Tres horas después, entramos en el pequeño bosque que rodeaba la mansión. Antes de ir a prisión, anhelaba volver a este lugar. Ahora que ese deseo se había cumplido, no sentía felicidad en lo absoluto.
El auto se detuvo frente a la imponente edificación y, a lo lejos, vi a las tres personas que más detestaba en mi vida: mi padre, mi hermana menor y, por supuesto, mi madrastra.
Bajé lentamente del auto y vi cómo me dirigían sonrisas hipócritas. Sabía perfectamente que mi liberación no les causaba alegría alguna.
Arlette fijó sus ojos en mí y los entrecerró, reflejando un odio profundo, pero en cuanto Alexander descendió del auto, su mirada cambió a una de fingida inocencia. Sus pies se pusieron en marcha y su rostro derrochó una falsa felicidad al verme.
—¡Hermana, al fin estás aquí! Te extrañé demasiado —dijo con dulzura, acercándose para abrazarme.
Pero antes de que pudiera siquiera tocarme, le planté una fuerte bofetada en la mejilla derecha, haciéndola caer al suelo.
—Ni se te ocurra tocarme, asesina —le grité enfurecida.
Me miró sorprendida, claramente no esperaba esa reacción, pero en cuestión de segundos empezó a llorar.
—Hermana, ¿por qué me has golpeado? Yo te extrañé tanto… ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿Acaso no tienes corazón? —sollozó con voz inocente.
Cualquiera que la viera le creería. Pero yo ya no era la misma Aslin de antes. Sus engaños no volverían a afectarme.
Sin pensarlo dos veces, le propiné otra bofetada, esta vez en la mejilla izquierda, dejándole un feo arañazo en el rostro.
—Para que llores con ganas —solté con desprecio.
Vi cómo mi padre se aproximaba a mí. Sabía exactamente lo que intentaría hacer: golpearme, como siempre lo había hecho. Pero esta vez, no se lo permitiría.
Alzó el puño y lo dirigió a mi cara, pero con un movimiento ágil, esquivé su golpe. Su furia aumentó al notar que ya no era la misma niña indefensa de antes.
—¡¿Cómo te atreves, perra?! ¡¿Cómo te atreves a golpear a tu hermana y faltarme el respeto de esta manera?! —rugió, rechinando los dientes.
Lo miré con frialdad.
—Tú no eres mi padre, Ricardo Ventura. No eres nada para mí. Dejaste de serlo el día que me diste la espalda y me abandonaste en prisión. Algún día te darás cuenta de quién es realmente tu hija menor y vendrás a suplicarme perdón. Y cuando lo hagas, te escupiré en la cara. No sabes cuánto deseo que ese momento llegue.
—¡Maldita desgraciada! ¡Malagradecida! ¡Cómo te atreves…! —gritó, acercándose de nuevo para golpearme.

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