Tres meses después...
Mi cuerpo yacía recostado en una cama vieja dentro de una sucia celda. Mis lágrimas, desde hace mucho, se habían secado. Mi dolor y tormento se habían convertido en un grito silencioso.
En mi mirada, el brillo se extinguió hace tiempo; solo era un muerto viviente. Vivía el día a día entre los barrotes de esta prisión como un alma vacía, sin sentimientos, sin emociones, sin felicidad. Me había perdido por completo entre las frías paredes de esta cárcel.
El frío me calaba los huesos, pero lo que más dolía era la traición. Me abrazaba las rodillas, buscando consuelo en la soledad. Alexander, el hombre al que amé con toda mi alma, me había señalado como la asesina de la señora Zara.
Recordaba el momento en que los policías me arrestaron, las esposas apretando mis muñecas mientras él, con ojos llenos de fingido dolor, afirmaba que me había visto hacerlo. Pero yo era inocente. Amaba a la anciana como a una madre. ¿Cómo podía haberle arrebatado la vida?
Los días pasaban lentos, llenos de hambre, lágrimas y miedo. Las demás reclusas me miraban con desprecio, como si de verdad fuera una asesina. Cada noche repasaba los recuerdos, buscando una explicación. ¿Por qué Alexander me traicionó? ¿Qué ganaba con destruirme?
Un grito desgarrador escapó de mi garganta, y de inmediato sentí cómo me levantaban de la cama y me estrellaban contra el piso de la celda.
—Esta maldita perra nunca escucha cuando la llaman —oí decir a Lana mientras ella y su grupo estallaban en carcajadas.
Desde que llegué a este horrible lugar, se había encargado de hacer mis días un infierno. Ahora comprendía mucho mejor las palabras de mi querida hermanita. Estaba segura de que le pagaban un buen dinero por hacerme sufrir.
Lana se abalanzó sobre mí y me dio una fuerte bofetada antes de tomarme del cabello con violencia.
—¿Puta, piensas quedarte callada? ¿No piensas defenderte ni decir nada? —me increpó con una mirada de enojo—. Desde hace días estás así, como una muñeca de trapo sin vida. Cuando llegaste aquí la primera vez, solías comportarte de forma altanera. Ahora ya ni siquiera es divertido hundir tu hermoso rostro en el retrete del baño.
Recordaba bien ese día. Lana y su grupo me obligaron a limpiar el baño y, según ellas, lo hice mal. Como castigo, metieron mi cabeza en el retrete. Y eso solo fue una cuarta parte de todo lo que he tenido que sufrir en estos tres meses.
El sonido de los barrotes interrumpió la tortura, y Lana de inmediato me soltó. Al levantar la mirada, vi a una de las guardias.
—¿Qué haces aquí, Lana? ¿Buscas problemas? —preguntó la guardia con voz severa.
Lana no respondió. Solo me lanzó una mirada de muerte antes de salir de la celda.
—Aslin Líbano, tienes visitas —anunció la guardia.
Me sorprendí.
—¿Visitas? —pregunté incrédula.
La guardia asintió. Nadie me visitaba desde hacía mucho. Verónica y Erick solían hacerlo, pero Alexander se encargó de que nadie pudiera verme sin su consentimiento.
Por eso, escuchar esas palabras me dejó desconcertada.
—Bueno, vamos. Levántate, que no tengo todo el día —ordenó la guardia con el ceño fruncido.
Asentí y me puse de pie con dificultad. Caminé tras ella a paso lento, cruzando cinco pasillos protegidos con grandes barrotes hasta llegar a una pequeña sala.
Y entonces, mi corazón se detuvo.
Allí estaba él. El hombre cruel que, a pesar de mis súplicas y mi llanto, decidió no creer en mí. El hombre que me destruyó por completo. Sentí cómo la rabia se desbordaba dentro de mí, y mi cuerpo comenzó a temblar violentamente. Deseaba matarlo con mis propias manos.
Aún recordaba el día en que me encontré con Arlette en la habitación de la señora Zara...
Flashback
El pasillo del hospital olía a desinfectante y desesperanza. Caminaba con pasos lentos, preparando mi corazón para lo inevitable. Mi suegra, la señora Zara, llevaba días agonizando, y yo solo quería estar allí en sus últimas horas.
Doblé en la esquina y me detuve en seco. Mi aliento quedó atrapado en mi garganta.
Frente a la puerta de la habitación, casi oculta en la penumbra, estaba Arlette. Mi hermana menor. La oveja negra de la familia.
No debía estar allí. No después de todo el daño que había causado. No después de lo que había descubierto en los últimos meses.
Esa Aslin que conoció hace tres meses ya no existía. Y jamás volvería a hacerlo.
—Eres mi esposa, deja de tratarme de usted —dice Alexander.
—¿Esposa? ¿Yo, tu esposa? —repito, y una carcajada insondable y diabólica escapa de mis labios sin control—. No me hagas reír. Tu esposa es esa perra traidora con la que compartes la cama todas las noches. Dejé de ser tu esposa en el instante en que me condenaste. Te odio, Alexander Líbano. Te odio con todas mis fuerzas.
Lo miro fijamente, dejando que cada palabra se clave en él como dagas.
—Ya no soy la niña tonta que seguía tus reglas al pie de la letra, a la que humillabas sin compasión. Mi corazón se ha convertido en piedra y mi piel, en una armadura impenetrable. Ya no puedes hacerme daño jamás.
Sus ojos se abren con incredulidad. Lo veo frotarse el rostro una y otra vez, como si tratara de disipar una ilusión, como si la mujer que tiene frente a él no fuera la misma Aslin de hace tres meses. Y tiene razón. Esa Aslin desapareció para siempre.
Lo observo un momento más y, sin mediar otra palabra, me giro y desaparezco de su vista.
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Al regresar a la celda, una inquietud me carcome por dentro. No puedo creer la desfachatez de ese hombre.
—¿De qué monstruo había estado enamorada todo este tiempo? —me pregunto sin cesar.
Mañana saldré libre, pero la noticia no me provoca felicidad alguna. Es una señal de lo rota que estoy por dentro.
Cuando cae la noche, me recuesto en el catre helado, pensando en el día de mañana. Lo único que me reconforta es la idea de poder llevarle un ramo de flores a la señora Zara. También volveré a ver a Verónica; la extraño tanto.
Y sin duda, encontraré la manera de divorciarme de Alexander. Me iré lejos, muy lejos. Seré completamente feliz.
Con ese pensamiento en la cabeza, me dejo caer en un sueño profundo

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