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La novia Rechazada romance Capítulo 24

Dos días habían pasado desde que el doctor me dio el alta. Me dejó algunas indicaciones: en una semana debía comenzar la quimioterapia. En verdad, no sabía qué hacer. Ni siquiera tenía dinero para salvar mi propia vida y, aunque lo tuviera, no tendría oportunidad de todas formas. No me salvaría. Así que suponía que solo me quedaba rendirme.

Tomo mi pequeño bolso y salgo del hospital completamente sola. Veo al chofer de la mansión esperándome mientras me hace señas para que suba al auto, así que, sin tener otra opción, voy hacia él y me subo. De inmediato, el auto se pone en marcha.

Al llegar a la mansión, salgo rápidamente del auto y me adentro en esta. Cierro la puerta tras de mí y, al darme la vuelta, veo el rostro despreciable de Arlette frente a mí. Pongo mis pies en marcha y trato de evadirla, pero ella me toma del brazo y me jala. Cómo detestaba que hiciera eso.

—Veo que no has podido aguantarte y has hecho toda una escena solo para ganar la atención de Alexander, maldita perra —me dice mientras me mira rudamente.

—No sé de qué hablas y realmente no me importa. Si me disculpas, debo subir. No tengo mucho tiempo y realmente no quiero desperdiciarlo con una escoria como tú —le grito furiosa.

Nuevamente me encamino al segundo piso, pero Arlette me grita algo que hace que me congele de inmediato.

—Estoy embarazada, hermana. Alexander y yo tendremos un bebé —dice con burla.

Rápido giro mi rostro hacia ella. Me dolía en lo más profundo que la vida fuera tan injusta conmigo, pero, en cambio, con Arlette, que era un completo demonio, su vida parecía perfecta.

—¿Te quedarás en silencio, hermana? ¿No me vas a felicitar? Tendrás un sobrino, esa noticia debería alegrarte. Ay, casi se me olvidaba... ¿Cómo vas a alegrarte si el bebé que espero es de tu marido? —dice y estalla en carcajadas—. Te diré algo, hermanita. De hecho, Alexander y yo queríamos tener un bebé desde hace cinco años, pero no podíamos porque tú estabas en medio de nosotros. También esa anciana ridícula. Pero ahora que ella ya no está, pues se dio. Él y yo tendremos un bebé.

No logro controlarme y bajo de inmediato la escalera, pero justo en el último escalón veo cómo Arlette interpone su pie en mi camino y me hace tropezar. Caigo al suelo de cara y de inmediato un intenso dolor en mi estómago me golpea fuertemente.

—Uy, hermana, veo que quieres continuar con el teatrito, pero no deberías. Alexander no está en ningún lado para mirarte —dice mientras estalla en carcajadas y sube al segundo piso dando brincos de alegría.

Veo cómo Mary se aproxima a mí al verme en el suelo.

—Señora, ¿qué sucedió? ¿Se encuentra usted bien? Por favor, póngase de pie —me dice mientras noto preocupación en su rostro.

Yo asiento, tomo su mano y me pongo de pie con su ayuda. Juntas subimos al segundo piso, directo a mi habitación.

Punto de vista de tercera persona

Arlette estalla su teléfono contra el espejo al escuchar las malas noticias que le daban del otro lado. Se hala el cabello, completamente molesta al saber que sus planes no estaban saliendo como ella pensaba.

Escucha suaves golpes en la puerta y de inmediato grita furiosa:

—¡Dije que nadie me molestara, maldita sea!

Baja la voz al ver a su madre de pie en la puerta.

—¿Qué es lo que te sucede, Arlette, cariño? ¿Por qué gritas de esa manera? Eso no es propio de la futura señora Líbano. Te he corregido miles de veces para que escondas ese comportamiento tuyo. Si Alexander te escucha, sin duda será tu fin —la reprende severamente.

—¡Ya cállate, madre! Eso es lo menos que me importa con los problemas que tengo ahora —dice mientras pone ambas manos en su cabeza.

—¿A qué te refieres, cariño? ¿Acaso esa zorra de Aslin te ha causado problemas? —pregunta Sonia, intrigada.

—Ojalá fuera eso, madre. La ginecóloga me acaba de llamar. Dice que debo abortar al bebé, que no se salvará. Me es imposible mantener un niño en mi vientre, madre —dice mientras llora y sus lágrimas caen intensamente de sus ojos.

—Calma, cariño. Puedes volver a quedar embarazada de Alexander y cuidarte mejor la próxima vez. Necesitas dar a luz a un heredero para la familia Líbano mucho antes que esa perra. Solo así asegurarás tu posición en la familia —dice Sonia mientras consuela a su hija.

Arlette la observa con ojos llenos de lágrimas y angustia. El destino le estaba jugando en contra, y ahora tendría que hacer todo lo posible para mantener su secreto a salvo.

—Ese es el problema, madre. Alexander ya no quiere tocarme. Hace tres meses que no me toca, ni siquiera me mira. Anoche me puse una lencería sexy para él y me echó de su habitación. Ya no es como al principio, cuando se notaba enamorado de mí. Ahora solo me desprecia —dijo mientras lloraba.

—¿Cómo puede ser eso, cariño? ¿Es decir que Alexander alberga algún sentimiento por esa perra? Si es así, estamos perdidas, no hay solución para salvar al bebé —respondió Sonia, preocupada.

—Ese es el problema, madre… este bebé no es de Alexander, sino de Massimo. Si Alexander se entera de que lo he engañado, sin duda va a matarme —dijo con angustia.

Sonia, al escucharla, enloquece. Se levanta y le da una fuerte bofetada en la mejilla.

—¡Eres una tonta! ¿Cómo pudiste? ¡Nos arruinarás a todos! ¿Cómo fuiste capaz de abrirle las piernas a ese don nadie de Massimo? ¡Es el asistente de tu padre, hija, por Dios! —exclamó, caminando de un lado a otro en la habitación.

Arlette la miró con severidad.

—Madre, no te hagas la digna. ¿Acaso crees que no te vi la otra vez, cuando brincabas sobre el pene de tu entrenador? —le gritó.

Sonia estalló en carcajadas.

—¡Pues claro, tonta! Mírame —dijo mientras mostraba su hermosa figura—. Apenas tengo 38 años. ¿Crees que ese viejo decrépito de Ricardo me complace en la cama? Tengo que aguantar sus asquerosos besos y caricias todas las noches, y solo lo hago por ti, hija. ¡Pero mira lo que haces, cometes estupideces!

—Ya, mamá, ya lo sé. No tienes que estar recalcándome lo que hice. Solo estaba confundida, me entristecí al ver la falta de amor de Alexander. Pero calma, resolveré este problema y quitaré a esa tonta de Aslin de mi camino —dijo Arlette, apretando los puños.

—Eso espero, hija. Y será mejor que lo hagas rápido. Mientras más pronto, mejor —respondió Sonia, abrazándola.

Aslin

Pasé el resto del día en la cama hasta que recibí una llamada de Verónica. De inmediato la contesté.

—¡Hey, amiga! ¿Cómo te encuentras? ¿Esa tonta de Arlette te ha puesto las cosas difíciles? Te llamo porque estoy preocupada. Erick me dijo que ustedes dos se vieron y que te desmayaste en el restaurante, pero que luego desapareciste. ¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó Verónica al otro lado del teléfono.

—Estoy bien, Verónica, tranquila. Solo fue un desmayo, nada más. Dile a Erick que, por favor, me disculpe, pero será mejor que no nos volvamos a encontrar. En verdad, Vero, no deseo causarle ningún problema —respondí con tristeza.

—Ay, amiga, lamento tanto tu situación. Pero tranquila, sé que llegará el día en que te desharás de ese idiota de Alexander y serás feliz, ya verás —dijo, tratando de animarme.

Sonreí con ironía. Sabía perfectamente que esos días nunca llegarían. Estaba condenada para siempre.

—¿Qué tal si salimos esta noche? Después de que saliste de la prisión, no has salido mucho. Anda, no seas mala y acepta, Aslin, te lo mereces —insistió.

Nos dirigimos a una sala VIP, donde inmediatamente unos meseros nos trajeron una botella de vino y una piña colada. Verónica la tomó en sus manos y me la extendió.

—Toma, amiga, esto es para ti. Como tu semblante no es el mejor, será mejor que bebas esto —me dijo dulcemente.

No pude evitar sonreír cálidamente y agradecerle. Sabía que no podía beber alcohol, así que la piña colada era perfecta.

Después de terminar mi bebida, sentí la necesidad de ir al baño, así que le pedí a Verónica que me indicara dónde estaba. Un poco mareada, señaló en una dirección. Respiré profundamente, suponiendo que hoy me tocaría manejar. Salí de la sala VIP y caminé hacia los baños.

Entré rápidamente y, al salir, me sentí un poco perdida, pero al ver las salas VIP a lo lejos, me tranquilicé.

Abrí la puerta de la que creí que era nuestra sala y entré. Me sorprendí de inmediato, pues no recordaba que estuviera tan oscura. Tardé unos segundos en acostumbrarme a la penumbra. Una lámpara roja iluminaba tenuemente el lugar, pero lo que realmente me dejó en shock fue la presencia de un hombre sentado en un imponente sillón de cuero.

Parecía increíblemente atractivo. Estaba elegantemente recostado en el sillón, sin camisa, dejando al descubierto sus poderosos músculos y una barbilla afilada como un cuchillo. Tragué saliva con dificultad.

Su altura era evidente. En una de sus manos sostenía una copa de vino. Su cabello estaba peinado hacia atrás, y aunque su rostro estaba parcialmente cubierto por un antifaz, sus ojos… esos ojos negros como la noche parecían desnudarme. Sentí que traspasaban mi alma. Era un hombre sumamente enigmático.

—¿Ya terminaste de verme, palomita? —preguntó con voz imponente.

Me quedé helada. Esa voz… estaba segura de haberla escuchado antes, pero no lograba recordar dónde.

—D-Disculpe, señor, creo que me equivoqué de sala. Me voy —dije con nerviosismo.

—¿Tan rápido te vas, palomita? —su tono tenía un deje de diversión oscura—. ¿Acaso no sabes que los que entran en la cueva del lobo ya no pueden salir… no sin antes ser devorados por él?

Una sonrisa mortal se dibujó en sus labios.

—No lo comprendo, señor, pero ya me retiro. Mi amiga me está esperando —dije y me giré para marcharme.

No alcancé a dar un paso cuando sentí su mano atrapando mi brazo con fuerza. Me giró bruscamente y, sin darme tiempo de reaccionar, me besó con violencia.

Intenté separarme, pero era imposible. Su cuerpo alto y fornido me superaba en fuerza, y mi estado de debilidad me hacía sentir como una simple hoja al viento.

Cuando finalmente soltó mis labios, apenas tuve tiempo de recuperar el aliento. Sentía mi boca hinchada y un leve ardor, probablemente tenía los labios ensangrentados por la brutalidad del beso. Sin pensarlo, le di una fuerte bofetada en el rostro.

Pero en lugar de enojarse, el hombre estalló en carcajadas.

—Sabes, preciosa… esa cachetada me recordó a alguien a quien amo con todo mi corazón —dijo con un tono misterioso.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, me tomó en brazos y me cargó sobre su hombro. Abrió una puerta oculta en la sala y entramos en una habitación completamente roja.

Me estampó contra la cama y, en ese instante, mi rostro se transformó en una máscara de horror al comprender lo que estaba a punto de suceder.

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