Él ordenó demolerla...
Los ojos de Valentina, normalmente grandes y expresivos, parecían dos pozos vacíos. Sus uñas se clavaron en el trozo de madera que aferraba, y su cuerpo comenzó a temblar con violencia, sacudido por escalofríos que le calaban hasta los huesos.
De repente, soltó una carcajada amarga mientras bajaba la mirada. Se reía y negaba con la cabeza al mismo tiempo; su rostro pálido no tenía ni una gota de color. Las lágrimas caían pesadas y chocaban contra la punta de los zapatos de Sebastián.
—Con razón... ya me preguntaba de dónde había sacado Isabela el valor para hacerlo.
Ahora todo tenía sentido.
Un cúmulo de emociones desgarradoras destrozaba su pecho. Sentía cómo su alma se desprendía de su cuerpo; el dolor era insoportable. Ya casi no podía sostenerse en pie. La visión se le oscureció por completo y, finalmente, sus piernas cedieron y se desplomó.
El rostro de Daniel se endureció.
Pero antes de que pudiera sostenerla bien, la mujer que estaba en sus brazos le fue arrebatada y estrechada contra el pecho de Sebastián.
Sebastián miró a la persona que yacía inerte en sus brazos, tan pálida como un fantasma. El hematoma morado en su frente era alarmante. Bajo sus cejas marcadas, sus oscuros ojos revelaban una turbulencia indescifrable.
Apretó la mandíbula, cargó a Valentina en vilo y, sin importarle su pierna lastimada, bajó rápidamente los escalones con grandes zancadas.
Emanaba un aura tan asesina e implacable que nadie a su alrededor se atrevió a acercarse.
Caminaba con urgencia, pisoteando los escombros a su paso.
Daniel sabía que en ese momento la prioridad absoluta era la salud de Valentina y que pelear no ayudaría en nada, pero aun así corrió a interceptarlo.
—Dámela.
La voz de Sebastián era escalofriantemente plana.
—Apártate.
—Venía manejando tan desesperada que tuvo que frenar de golpe y se golpeó la cabeza. Tiene una conmoción cerebral leve —dijo Daniel, sin ceder un centímetro—. ¿Y sabes por qué venía con tanta prisa?
Esas palabras se clavaron en los oídos de Sebastián.
Golpeó la cabeza.
Conmoción cerebral leve.
Una enfermera entró con una pomada para los golpes.
Cuando Daniel regresó tras lavarse las manos, se encontró con Sebastián, vestido completamente de negro, sentado junto a la cama de Valentina. Tenía la cabeza baja y una expresión inescrutable. En la punta de sus dedos tenía un poco de pomada, que estaba untando con delicadeza sobre el moretón en su sien.
Daniel apretó los puños, giró la cabeza y suspiró profundamente.
—Sabes perfectamente que la última persona que ella quiere ver al despertar eres tú.
El dedo que esparcía la pomada se detuvo en seco.
El hombre no movió un solo músculo hasta que terminó de aplicarle la medicina en la herida. Luego se puso de pie y caminó lentamente hacia la puerta.
Afuera, el pasillo estaba repleto de guardaespaldas; todos eran hombres de Daniel.
—No permitiré que te vuelvas a acercar a ella —sentenció Daniel.
Sebastián solo giró ligeramente la cabeza para mirar a la mujer en la cama. Aunque ya había recuperado la conciencia, se negaba a abrir los ojos. Se mantuvo en silencio y, con paso firme, se marchó.
Una vez que se fue, Daniel le ordenó a los guardias que se dispersaran para vigilar la zona, cerró la puerta de la habitación y se sentó junto a la cama.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....