Los recuerdos previos a su desmayo se fueron armando pieza a pieza en su mente. Aún sentía una leve pero molesta presión en el vientre.
Al girar la cabeza, vio a alguien sentado en el sofá de la habitación. Apoyaba la cabeza en el respaldo, con los ojos cerrados; no se sabía si estaba descansando o si se había quedado dormido.
Tenía los labios finos apretados y el ángulo de su mandíbula ligeramente alzada lucía impecable, perfilado y profundo, como la obra perfecta de un escultor.
Hubo un tiempo en el que ella habría estado absolutamente hechizada por ese rostro.
El dolor en el vientre iba y venía en oleadas. Frunció el ceño. Enseguida, sintió otra vez ese flujo tibio descendiendo.
Por puro instinto, hizo el amago de girarse para levantarse. Su movimiento sobresaltó al hombre del sofá.
Sebastián abrió los ojos y la vio apartando las sábanas para salir de la cama. Su mirada se ensombreció.
Se acercó a la cama y sujetó con firmeza la sábana que ella intentaba apartar. —¿Tantas ganas tienes de no verme?
Valentina se mordió el labio. Era evidente que Sebastián había malinterpretado sus intenciones. Como mujer, sabía perfectamente qué significaba aquel flujo; solo se apresuraba porque no quería manchar la ropa ni las sábanas.
Él pensó que ella solo quería huir de él.
Pero no se molestó en darle explicaciones. Agarró la sábana, bajó la mirada e intentó ponerse los zapatos.
Lo que no lograba comprender era que su periodo ya le había venido días atrás.
Había dado por hecho que ya había terminado. ¿Por qué le volvía a bajar?
Parecía que, al terminar esta regla, tendría que cuidar mejor su salud.
De repente, sintió otra descarga de calor.
Y entonces lo notó: llevaba puesta una toalla sanitaria.
Se quedó helada. ¿Quién se la había puesto?
Sebastián notó su nerviosismo, incluyendo cómo intentaba acomodarse; no sabía si era por incomodidad o porque le dolía el estómago.
Apretó los labios y preguntó con frialdad: —¿No te la puse bien?
La cabeza de Valentina dio vueltas. ¡Había sido él!
En ese momento, Lucas llamó a la puerta y entró.
—Que no tienes ninguna responsabilidad ni obligación de pagar mis cuentas médicas. Es normal que te devuelva el dinero, ¿no? —Valentina lo miró con expresión imperturbable.
—¿Ninguna responsabilidad? ¿Ninguna obligación? —repitió Sebastián, su mirada oscura reprimiendo una avalancha de emociones.
A Valentina le ardían los ojos. Haber sido engañada durante tres años casi le hizo perder por completo la razón. Los cólicos recrudecieron, obligándola a apoyarse fuertemente en los pies de la cama para no caer.
Sebastián frunció el ceño y extendió una mano para ayudarla.
—¡No me toques! —espetó Valentina, tajante. El ardor en sus ojos rápidamente se transformó en un rojo intenso y resentido.
La humillación la hacía temblar. Con la voz quebrada por la ira, le reclamó: —Sebastián Correa, ¿por qué me mentiste?
—Durante tres años me hiciste creer que realmente era tu esposa. ¡¿Te pareció muy divertido jugar conmigo de esa manera?!
Conque era eso.
«Ninguna responsabilidad, ninguna obligación». A eso se refería.
El rostro de Sebastián se oscureció paulatinamente. —¿Fuiste a presentar la demanda de divorcio?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....