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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 294

Al ver la reacción de Sebastián, Valentina soltó una carcajada amarga. Esa risa sonaba como si estuviera masticando cristales rotos, destrozándole la garganta y escupiendo sangre con cada aliento.

Lo había adivinado de inmediato.

Y ni siquiera hizo el intento de dar una explicación.

—¿Por qué? —le susurró en un tono lleno de reproche.

Sebastián observaba sus dedos temblorosos aferrados a la barra de la cama, y la profundidad de sus ojos se volvió un abismo indescifrable.

—Jamás me casaría con la hija de mi enemigo —respondió con dureza.

Al fin tenía la respuesta.

No era muy diferente de lo que había imaginado.

Valentina asintió, como si esa puñalada hubiera sido exactamente lo que necesitaba para terminar de matar la esperanza. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Su mano apenas rozó el picaporte cuando Sebastián le sujetó la muñeca con firmeza.

Sus dedos estaban fríos.

—El médico ordenó que descanses.

—Me voy a casa —replicó Valentina con una inquietante y gélida tranquilidad en su pálido rostro—. Las cenizas de mis padres ya están en el fondo del mar. Ya no tienes nada con qué amenazarme.

Sebastián la miró fijamente a la cara, y con voz ronca murmuró: —No intento amenazarte. Quédate tú aquí; yo me voy.

Dicho esto, la soltó, abrió la puerta y salió de la habitación.

Poco después, Lucas regresó con la nueva infusión de manzanilla, la dejó en la mesa de noche y se retiró en silencio.

Valentina miró el vaso humeante. El dolor punzante en su vientre no cedía; era una de las raras ocasiones en las que experimentaba cólicos menstruales tan fuertes. Al final, no quiso castigarse a sí misma, tomó el vaso y bebió unos tragos.

El médico entró acompañado por una enfermera para su revisión de rutina. Su actitud era sumamente respetuosa:

—Señora Correa...

—Doctor, me apellido Vargas —lo interrumpió Valentina.

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