—¡Cállate!
Valentina frunció el ceño. El reproche salió de sus labios casi en el mismo instante en que él terminó de hablar.
Su desborde emocional hizo que sus ojos se vieran aún más irritados. Volteó la cabeza hacia la inmensidad negra del mar, dejando caer lágrimas cristalinas.
—Para ser honesta, llegué a sospechar que Aein eras tú, pero descarté la idea de inmediato. ¿Sabes por qué?
Intentó reprimir el nudo en la garganta, pero la comisura de sus labios temblaba. Los recuerdos dolorosos del pasado hacían que le resultara imposible controlarse.
Sebastián observaba cada uno de sus gestos, sintiendo como si le hubieran arrancado un pedazo de corazón. Cada lágrima de ella caía directo en ese vacío, quemándolo tanto que la vista se le nubló por un momento.
Aferró el borde de la mesa con fuerza, mientras el arrepentimiento se mezclaba en la oscuridad infinita de sus ojos.
¿Cuál podía ser la razón?
—Porque... —La voz ronca de Sebastián hizo una pausa—. Porque te rompí el corazón por completo.
Aein, en cambio, la había salvado de varios peligros, la había protegido y, en aquella Nochebuena después de que la echaran de la Hacienda Correa, la había llevado a la playa a soltar globos de luz.
Una leve carcajada escapó de la garganta de Valentina, seguida de una cascada de lágrimas. Sin dudarlo, tomó la botella que estaba sobre la mesa.
—La de hace un momento cuenta como mi cuarta pregunta.
Echó la cabeza hacia atrás para beber; las lágrimas le resbalaron hasta empaparle las sienes. Sus párpados enrojecidos parecían las alas de una mariposa moribunda, que ya ni siquiera tenía fuerzas para agonizar.
La botella cayó al suelo con un golpe sordo. Se quedó sentada en silencio, con la cabeza gacha durante un largo rato, hasta que finalmente levantó la vista y suspiró.
—Perdón por el espectáculo. —Se frotó el rostro con fuerza. No sabía qué tipo de alcohol había traído Sebastián, pero seguramente era muy fuerte.
Como no solía beber mucho, esos tragos rápidos ya le estaban haciendo efecto.
Sebastián recogió en silencio la botella del suelo para evitar que ella tropezara más tarde. La mesa que los separaba era pequeña; gracias a sus brazos largos, alcanzó una servilleta y le secó con delicadeza las lágrimas que aún mojaban su rostro.
Valentina lo esquivó y soltó una carcajada vacía.
—Siempre haces lo mismo. Me torturas poco a poco, como si me cortaras con un cuchillo sin filo.
—Recuerdas todo lo que me gusta. Lucas sabía cómo pedir mi torta especial porque tú se lo dijiste. Y la primera vez que Flora me cuidó, supo exactamente cuándo era mi periodo menstrual porque tú también se lo dijiste.
—Ya sospechaba de todo eso. Pero, Sebastián, si me vas a odiar, ódiame de verdad, y si me vas a amar, hazlo de frente. ¿Alguna vez te detuviste a pensar si mi corazón podía soportar todo este juego?
A medida que hablaba, su voz se fue apagando, como si se hundiera en el polvo. Levantó la mano derecha y se señaló el pecho con la yema del dedo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....