Sebastián bajó la mirada hacia la mujer en sus brazos. Permaneció inmóvil durante un buen rato, y en su semblante sereno no se asomaba ni una pizca de emoción.
Sentado en el sofá, mantenía una mano apoyada sobre la mejilla de Valentina, mientras con la otra sujetaba la de ella con firmeza.
De repente, sintió una humedad cálida resbalando por la base de su pulgar. Las gotas caían sin parar y pronto notó que la camisa a la altura de su pecho también se empapaba.
—¿Por qué lloras? —Murmuró, llevándose los dedos de ella a los labios para darles un suave beso—. ¿Estás preocupada por Cachito, o es que...?
La mujer en sus brazos no le respondió.
Los ojos de Sebastián se llenaron de una ternura tan cálida como la brisa de primavera. Bajando la voz, asintió:
—Está bien.
Le secó las lágrimas con infinita suavidad, mientras la brisa marina soplaba y esparcía sus palabras en el aire.
—Te lo prometo.
Agarró la botella de la mesa, echó la cabeza hacia atrás y bebió de golpe.
La respuesta de ella había sido: «A un lugar donde tú no estés».
Y él estaba satisfecho con eso.
Lucas Ortiz llegó en una lancha rápida y se acercó al yate. Le ordenó a su acompañante:
—Lleva la lancha de vuelta y mantente alejado de aquí.
Dicho esto, saltó al yate principal.
La cabina estaba vacía. Alzó la vista hacia la cubierta superior que aún tenía las luces encendidas. Decidió no llamar a Sebastián; en su lugar, entró a la cabina en silencio y encendió los motores.
Una vez que atracaron, Lucas se quedó esperando a bordo. Al rato, escuchó pasos en las escaleras. No necesitó voltear; de reojo, vio cómo Sebastián bajaba cargando a Valentina en sus brazos.
Ella estaba completamente cobijada contra su pecho, cubierta por la manta.
Cuando pasaron junto a él, percibió un fuerte olor a alcohol.
—¿Qué hora es? —preguntó el hombre.
Lucas no tuvo que mirar el reloj para responder con precisión:
—Las dos y media.
El hombre murmuró en señal de comprensión y continuó su camino hacia el Lago Lunar de la isla, llevando a Valentina.
En aquel lugar siempre parecía primavera; las flores nacían y morían en un ciclo interminable. Una suave neblina empezó a cubrir la isla, y entre esa bruma misteriosa, unas pequeñas flores lilas florecían, dándole al ambiente un toque de ensueño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....