En ese momento, el ceño de Jairo se relajó, pero su rostro se oscureció y se llenó de una ira contenida. Entró a la casa a grandes zancadas.
—¿Dónde está el señor? —preguntó Isabella a Elena mientras lo seguía.
—El patrón está en la cocina.
—¿Eh?
Justo entonces llegaron al comedor y vieron a Iván salir de la cocina con una enorme fuente de pollo guisado. Mientras caminaba, murmuraba:
—Ay, Coco, ¿por qué tuviste que dejarme?
Tras el lamento, se dio cuenta de la presencia de Jairo y de Isabella.
Sus ojos se enrojecieron de inmediato.
—Mi Coco murió.
Jairo soltó un bufido frío.
—¿Y por eso te lo guisaste?
—Les digo que no hay nada como un gallo de granja criado en libertad. Seguro que está mucho más bueno que cualquier pollo que hayan comido por ahí. Y si a eso le suman mi increíble talento en la cocina… les aseguro que si no comen un buen trozo, se van a arrepentir. —Al viejo casi se le caía la baba al hablar.
Jairo, más negro que la noche, se dio la vuelta para irse.
Isabella lo detuvo.
—No tengo carro, espérame y me llevas a casa, ¿sí?
—Pues vámonos ahora.
—¡Pero todavía no he probado el pollo! ¡Yo no me voy!
Dicho esto, Isabella corrió hacia el viejo, tomó la fuente de pollo de sus manos y la olió.
—¡Wow, qué bien huele! ¡De verdad!
—Te diré un secreto, en mis años mozos yo vendía pollo frito.
—Seguro que su negocio era un éxito.
—¡Por supuesto! Si no fuera porque su abuelo se fijó en mí y se empeñó en que fuera su yerno, a lo mejor me habría pasado la vida entera friendo pollo y me habría convertido en el rey del pollo frito.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...