Sin embargo, Isabella recapacitó. El premio gordo era tentador, pero ¿podría con él?
—Mejor… mejor quédeselas usted o déselas a su hijo. A mí me daría mucho miedo aceptarlas.
El viejo chasqueó la lengua.
—¿Tan poco temple tienes?
—La verdad es que no soy muy valiente, sobre todo cuando se trata de aceptar cosas que no son mías. Primero tendría que ver si tengo la cabeza para aguantar tanto.
—Bueno, ya hablaremos de eso después. Ahora, a comer.
Isabella ya se había comido varios trozos. Al ver que Jairo seguía con cara larga y sin tocar los cubiertos, se apresuró a servirle un par de pedazos.
—El señor te ha guisado a su querido Coco. No te pido que sonrías, pero por lo menos hazle el favor de probar un bocado.
Jairo la miró de reojo y apartó el plato.
«¿Tan enojado está?».
Isabella estaba a punto de intentar razonar con él de nuevo, cuando Iván sollozó.
—Es mi culpa. No debí engañarlo para que viniera a comer conmigo. Es que… es que me siento muy solo. Últimamente no puedo dormir, la comida no me sabe a nada… Siento que vivir ya no tiene sentido.
¡Solo era una cena con su padre! ¿Tan difícil era?
Isabella se enfureció. Tomó el plato que Jairo había apartado y, cogiendo un trozo de pollo, intentó darle de comer en la boca.
—¡Quítate!
—¡Te lo tienes que comer! ¡Si no, yo… yo no me caso contigo!
Jairo entrecerró los ojos.
—¿Crees que con eso me puedes amenazar?
Ciertamente, no.
Isabella rodó los ojos.
—¡Entonces me caso con tu papá!
¡Puf!
Iván, que se estaba secando las lágrimas, se atragantó con su propia saliva y miró a Isabella con una expresión indescriptible.
—Bueno… tampoco es mala idea.
Isabella le preguntó a Elena por un cuarto, pero Elena le dijo que en la casa no había. Incrédula, recorrió el segundo piso y descubrió que era cierto. O estaban llenos de trastos o completamente vacíos. El único habitable era el de Jairo.
Llevaba dos semanas de trabajo intenso, y en ese momento estaba agotada y muerta de sueño, así que se dirigió a esa habitación.
Se dio una ducha y buscó algo que ponerse en el armario. Encontró una camisa blanca. Toda la ropa del armario se la había comprado Iván a Jairo, pero estaba nueva, sin estrenar.
Se puso la camisa y se acostó en la cama. Quería esperar a que Jairo volviera para avisarle, pero no aguantó ni cinco minutos y se quedó dormida.
En medio de un sueño profundo, escuchó el sonido de una puerta abriéndose.
—Mmm, ¿ya volviste? —preguntó, entreabriendo los ojos.
—Sí.
Respondió y se metió a bañar. Parecía que esa ducha duró una eternidad.
Isabella acababa de quedarse dormida de nuevo cuando un golpe la sobresaltó. Abrió los ojos de golpe y vio a Jairo salir del baño y chocar contra un mueble.
—¿Bebiste de más?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...