—Tira la de la izquierda, es obvio.
—¿Estás segura?
—Yo sí, pero si pierdes esta ronda, no me eches la culpa a mí.
—Si pierdo, me las pagarás cuando vuelva.
—¡Qué injusto! ¡Ahora ya no estoy segura, espera!
Apenas Isabella terminó de hablar, Jairo ya había tomado la carta de la izquierda y la había tirado. En cuanto lo hizo, Ignacio, que estaba enfrente, mostró sus cartas.
—Señor Crespo, qué generoso. Justo la que me faltaba. ¡Gané!
Isabella:
—…
Jairo soltó una risita.
—Espérame, vuelvo en dos días.
—¡No es mi culpa, la culpa es tuya por no saber jugar!
Jairo se levantó con el celular en la mano. La cámara se movió un rato hasta que, al parecer, salió a una terraza y se sentó en una silla, fumando mientras sentía la brisa y miraba de vez en cuando a la cámara.
—¿Qué hora es? —preguntó él.
—Las once y media. Ya es tardísimo.
—¿Tienes sueño?
—Sí.
—Duerme bien esta noche, que mañana te tocará llorar.
Isabella estaba a punto de quedarse dormida, pero esas palabras la despertaron de golpe.
—¿A qué te refieres?
Jairo entrecerró los ojos.
—Isabella, ¿quién juró que se tomaría la medicina todos los días a su hora, sin falta?
¿La medicina?
Isabella se levantó de un salto.
—¡Rayos, se me olvidó!
Corrió escaleras abajo. Eran las once y media, si salía ahora mismo para ir a lo del doctor Estrada… ¡aunque volara, ya era tarde!
Al darse cuenta de que ya no había remedio, se dejó caer en las escaleras.
Despidió a Gregorio con torpeza y, recordando que le quedaba poco tiempo, corrió a la sala, apuntó la pantalla del celular hacia sí misma y se bebió la bolsa de caldo de un solo trago.
Cuando terminó, miró la hora: faltaban cinco minutos para las doce. Soltó un gran suspiro de alivio.
—¡Ja!
El sonido provino del celular.
Isabella se encogió un poco y puso una cara de lástima.
—Esa medicina es muy amarga, pero por ti me la tomo toda de un jalón.
—¡Tsk!
—Te juro que la próxima vez no se me olvidará.
—¡Ja!
Isabella apretó los dientes en secreto. ¿Seguía burlándose de ella, verdad?
Le lanzó una mirada furtiva a Jairo. Solo podía ser furtiva, porque él era el cliente y tenía el control. Pero aunque él tuviera el control, ella no iba a dejarse pisotear.
—¡Creo que tú también tienes parte de la culpa en esto!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...