Ese comentario hizo que Jairo, por fin, apagara el cigarro y la mirara fijamente.
—Sí, se me olvidó, ¡pero esto no es solo asunto mío! Se supone que es una colaboración en la que ambos ganamos, ¡así que tú también tenías la responsabilidad de recordármelo!
—Además, ¿acaso tener un hijo es solo cosa mía? ¿Por qué te desentiendes como si nada?
—Y sí, mi cuerpo tiene algunos problemas, pero ¿acaso el tuyo no los tiene? ¿Qué pasa si al final no podemos tener hijos por un problema tuyo? ¿Qué vas a decir entonces?
Jairo se rio, exasperado.
—¿Así que lo que quieres decir es que debería volver ahora mismo para demostrarte si mi cuerpo tiene problemas o no?
—No, no es necesario. —Isabella, temiendo haber enfadado a Jairo, cambió de tono—. Señor Crespo, usted está ocupadísimo, no puede descuidar su trabajo por mi culpa. Me sentiría muy culpable.
—¿Necesitas que me disculpe?
—¡No, cómo cree! ¡No me atrevería a aceptarlo!
—Tengo curiosidad. Si el Grupo Crespo y el Grupo Domínguez no tuvieran este proyecto en común, y yo no fuera tu cliente, ¿cómo me tratarías?
—¿Quieres que te lo demuestre?
—Adelante.
Isabella cambió su expresión al instante.
—¿Crees que por tener dinero eres la gran cosa? ¿O por ser guapo? Pues que sepas que yo, Isabella, no te necesito. ¡Estoy harta de tu mal genio! ¡Ya basta, no digas nada más, ponte a reflexionar tú solito! ¡Voy a colgar!
Dicho esto, Isabella colgó rápidamente.
La verdad es que se sintió bastante bien.
Escuchó la puerta principal abrirse; seguro era Otilia que regresaba. No tenía ganas de lidiar con ella, así que subió a su habitación.
Se quedó dormida en cuanto se acostó, pero como tenía algo en mente, no durmió profundamente.
Le pareció oír de nuevo la puerta y luego voces, hablando con urgencia.
Abrió los ojos de inmediato y se acercó a la cortina, espiando por una rendija.
Frente a la puerta de su patio, dos personas forcejeaban. Una era Otilia; la otra, con un vestido floreado, el pelo recogido en un moño y una apariencia bastante anticuada, era su madre.
—¿Ya te crees muy independiente, o qué? ¡Te casas y ni siquiera me lo dices! ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué no lo llevaste a casa para que lo conociera?
Casandra era alta y, por trabajar en la construcción, tenía mucha fuerza. Agarró a Otilia y empezó a arrastrarla hacia la puerta. Viendo que se la llevaba, a Otilia no le quedó más remedio que mencionar a la familia Ibáñez.
—¡Me casé con uno de ellos! —gritó Otilia, señalando la mansión de enfrente.
Casandra miró hacia la casa, sus ojos brillaron por un instante y luego resopló con desdén.
—¿Y no se atreven a dar la cara? ¡Todos escondidos como tortugas!
—¡Mamá, es de noche, por favor, no hagas un escándalo!
Pero a Casandra no le importó. Se dirigió a la puerta de los Ibáñez y empezó a golpearla con fuerza.
Quince minutos después, el matrimonio Ibáñez y Gabriel, despertados por el ruido, bajaron a la sala.
Casandra reconoció a Gabriel de inmediato y se abalanzó sobre él.
—¿Así que tú eres el hombre que se casó con mi hija? —le dijo Casandra, apuntándole a la nariz con el dedo—. ¿Qué te enseñaron tus padres? ¿No tienes ni una pizca de educación? Te casas con una muchacha, ¿y no sabes que tienes que ir a presentarte ante sus padres?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...