—Yo… mmm…
Casandra fue más rápida y le tapó la boca a su hijo.
Le habían prometido a los Ibáñez que guardarían el secreto hasta que se firmara el contrato; de lo contrario, se quedarían en la calle.
—Está jugando, nuestra Otilia todavía no… no se ha casado —dijo Casandra, nerviosa.
Isabella esbozó una media sonrisa, pero no insistió en el tema.
—Es solo una computadora, la verdad no es gran cosa. ¡Pero que a mi hermano lo hayan acusado injustamente y lo hayan golpeado es algo por lo que la universidad nos debe una explicación!
Las cosas habían quedado claras. Aunque no se sabía dónde estaba la computadora de Darío, la que estaba en la oficina sin duda era de Leandro.
El coordinador se la devolvió rápidamente a Leandro y le exigió a Darío que se disculpara.
—¡No me voy a disculpar! ¿Por qué tendría que hacerlo? ¡Aunque su hermana se la haya comprado, eso no prueba que esta sea la de él!
Leandro tomó la computadora, la abrió e introdujo la contraseña. La pantalla se iluminó, mostrando una foto familiar en la que aparecían sus padres, Isabella y él.
Después de mostrar la pantalla a todos, Leandro cerró la laptop y se fue sin decir una palabra, con el rostro endurecido.
A Isabella se le encogió el corazón. A pesar de todo, su hermano todavía la consideraba parte de la familia.
Ahora sí, Darío se quedó sin palabras. Pero como no podía permitirse quedar mal, se desquitó con Otilia.
—¡Tu regalo de graduación! ¿¡Por qué dejaste que te lo comprara otra persona!? ¡Ni siquiera me gusta esta computadora, y menos si es igual a la de otro! ¡Si puedes comprar algo, cómpralo, y si no, no lo hagas! ¿¡No te da vergüenza!?
Darío había crecido bajo la influencia y los mimos de Casandra, y se podría decir que el alumno había superado a la maestra, sobre todo en lo irracional.
Otilia se enojó al ser regañada, pero Casandra no la defendió.
—¡Todo es tu culpa! ¡Si no, no habríamos hecho este ridículo!
—¡Mamá, por favor, sé un poco razonable!
La familia de tres estaba a punto de empezar a pelear en plena oficina, y los directivos y maestros tuvieron que intervenir para calmarlos.
A Leandro no le importaba la disculpa, pero Isabella no iba a dejar las cosas así.
Se acercó a Darío y soltó una risita.
—¿Ahora ya sabes quién te compró tu laptop, no?
—Fuiste tú, ¿y qué? —replicó Darío con un bufido.
—¿Y quién soy yo?
—¡A mí qué me importa quién eres!


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...