El insulto ya era bastante obvio, pero Diana no parecía dispuesta a detenerse.
—En cuanto a esas cosas que están en la puerta… ejem… seguro ya atrajeron moscas. Obviamente, no son para consumo humano. Tíralas a la basura, pero mejor al contenedor de fuera del fraccionamiento. Aquí vive gente de clase alta, no vaya a ser que el olor los moleste.
Tras decir eso, Diana, sintiéndose satis-fecha, subió a cambiarse de ropa.
Isabella contuvo su furia una y otra vez, hasta que llevó a Elías a la villa de enfrente. Con la excusa de que tenía que recoger algo, regresó, tomó la tetera y la arrojó contra el sofá.
El té manchó la tela al instante.
Diana bajaba las escaleras justo en ese momento.
—¿Qué te pasa? ¿Otra vez con tus locuras?
Mientras Diana se abalanzaba sobre ella, Isabella le sujetó la barbilla. Ante la mirada atónita de la mujer, apretó con fuerza, obligándola a abrir la boca.
Luego, tomó el cuchillo de fruta de la mesita de centro y se lo metió directamente en la boca.
—¡Ah, ah…! —gritó Diana, aterrorizada.
Raúl y Manuela, al oír el ruido, se giraron y se quedaron paralizados por el miedo.
—Isabella, ¿qué estás haciendo? —le recriminó Raúl.
Los ojos de Isabella brillaban con furia. Dijo, palabra por palabra:
—Si vuelves a insultar a mi papá, te juro que te corto esa lengua podrida.
—Yo… yo… no lo volveré a hacer… —Diana temblaba de pies a cabeza.
Isabella golpeó suavemente la mejilla de Diana con el cuchillo un par de veces. Cuando vio que las piernas de la mujer flaqueaban, la soltó de un empujón.
Luego, se encaró con Raúl.
—Dicen que no tengo educación, que mi padre no sabe ubicarse. ¿Ustedes invitan a mi padre sin mi permiso, tiran sus cosas a la calle, le niegan un lugar en el sofá por desprecio y, después de invitarlo a cenar, lo abandonan para irse a otro compromiso? ¿Y a eso le llaman tener educación? ¿A eso le llaman saber ubicarse?
El rostro de Raúl se ensombreció. Su autoridad como cabeza de familia había sido pisoteada por Isabella.
—Nos desprecian a mi padre y a mí, pero para nosotros, ¡la única basura aquí son ustedes!
—¡Tú…!
—Puede irse si quiere, ¿pero por qué se lleva mi pollo y mi pato ahumado? ¡Son mis favoritos!
—Es que sí tienen un olor fuerte.
—A ver —Isabella se acercó y olió la bolsa donde estaban el pollo y el pato—. ¡Huele delicioso! Especiado, picosito… ¡ya se me hizo agua la boca!
Al ver que su hija le seguía el juego, Elías se alegró y volvió a dejar las bolsas en el suelo.
—¡Si te gusta, quédatelo!
—Usted también quédese.
Elías volvió a mostrarse incómodo.
—De verdad tengo cosas que hacer.
—Aunque las tenga, tiene que quedarse a mi boda —dijo Isabella, tomando la mano de su padre—. Vamos, ¡lo llevaré a conocer a su verdadero yerno!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...