El lugar era un hotel. Isabella había pensado en dejar a Óscar y regresar al restaurante, pero vio que el muchacho se metía un ladrillo en la mochila.
Temiendo que, en un impulso, provocara un desastre, no le quedó más remedio que seguirlo.
En el tercer piso del hotel, la puerta de una habitación estaba abierta. Dentro y fuera había varias personas, todos amigos de Óscar que también habían acudido a dar su apoyo.
Óscar corrió hacia la puerta y echó un vistazo. Vio a su amigo llorando con la cabeza entre las manos, mientras que la chica, envuelta en una sábana y con el pelo revuelto, fumaba con indiferencia. El amante era un tipo musculoso y alto, pero ni con todos sus músculos podía hacer frente a tantos jóvenes; estaba acorralado en la habitación, llamando a sus propios refuerzos con desesperación.
Isabella también quiso asomarse, pero Óscar le tapó los ojos.
—El tipo está desnudo.
—¿De verdad?
—¿Por qué te emocionas?
—No me emocioné, no inventes.
—¡Cuidado, que le digo a mi hermano!
Uno de los amigos le preguntó a Óscar:
—¿Y esta belleza quién es?
—Mi cuñada.
El amigo llamó inmediatamente a los demás y todos se acercaron a saludar a Isabella con respeto.
—La verdad es que no tienen que ser tan formales —bromeó Isabella.
—¡Claro que sí, Isa!
Estos jóvenes estaban en la edad de la rebeldía, así que enseguida se relajaron.
Óscar puso los ojos en blanco. Sentía como si hubiera soltado a un lobo en un rebaño de ovejas.
—¿Qué esperan? Con una buena paliza se arregla todo, ¿no? —preguntó Óscar.
—Claro que le vamos a dar su merecido a ese infeliz, pero el asunto no se resuelve con una golpiza —respondió uno de los amigos.
—¿Entonces cómo?
Adriana Méndez…
La primogénita de la rama principal de la familia Méndez, la heredera que el viejo patriarca había preparado con esmero.
Aquel verano, la esposa de su padre la había echado de casa, diciéndole que su existencia era una mancha para la familia Méndez, y que esa mancha debía desaparecer de sus vidas para siempre, para no ensuciarles la vista.
Ese día llovía a cántaros. Cuando llegó a la puerta de la casa Méndez, llevaba dos días sin comer. La empujaron fuera y cayó de rodillas, sin poder levantarse por un buen rato.
En ese momento, una niña con un vestido blanco salió con un paraguas. La miró con arrogancia, con el rostro lleno de repugnancia.
Le arrojó un pedazo de pastel a medio comer y dijo con sarcasmo: «Hoy es mi cumpleaños, y resulta que también es el tuyo. Mi abuelo me preparó una fiesta, vino muchísima gente a celebrarme y todos me dijeron “feliz cumpleaños”. Recibí tantas felicitaciones que te voy a regalar una a ti también: Isabella, feliz cumpleaños».
Aquel trozo de pastel, deshecho por la lluvia, era un reflejo de cómo se sentía Isabella en ese momento.
—Pero, Isabella, tu apellido es Quintero, no Méndez. ¡Tú no deberías estar en mi casa!
Isabella salió de sus lejanos recuerdos y volvió a mirar a Adriana, que ya se había acercado.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...