Adriana la recorrió con la mirada sin detenerse y, en cambio, fijó su atención en Óscar por un momento.
Óscar, como un niño que ha hecho una travesura frente a sus padres, bajó la cabeza instintivamente y retrocedió un paso.
Adriana soltó un ligero resoplido y entró en la habitación.
—¡No puede ser! ¿Por qué regresó ella? —murmuró Óscar.
Isabella reprimió el torbellino de emociones y volvió a mirar a Adriana.
Aunque no había buscado noticias sobre la familia Méndez, le llegaban muchas a la fuerza, sobre todo de Rafael Méndez. Como actor, siempre estaba en el candelero, y entre el año pasado y este, con una sola película, había arrasado en casi todas las premiaciones, convirtiéndose en un actor galardonado.
En internet, las discusiones sobre él eran abrumadoras, pero todos creían que solo tenía una hija: Adriana.
Nadie sabía que ella también lo era.
Adriana, como heredera de la familia Méndez, había estudiado en el extranjero desde la secundaria y, tras graduarse, había desarrollado su carrera allá. Su regreso al país seguramente significaba que estaba preparándose para tomar las riendas de Grupo Méndez.
Con la llegada de Adriana, los que lloraban dejaron de llorar y los que armaban escándalo se calmaron. De repente, todos aquellos jóvenes mimados se comportaron.
—Prima, ¿q-qué haces aquí? —dijo Marina Méndez, la hija de la segunda rama de la familia, al ver entrar a Adriana. Apagó rápidamente el cigarrillo que tenía en la mano y corrió hacia ella.
Joaquín, el amigo de Óscar, también se levantó de un salto. Todavía tenía mocos y lágrimas en la cara, pero no se atrevió a soltar ni un sollozo más.
—Pri… prima.
Adriana lo miró de reojo y luego se giró hacia su prima. Su mirada se endureció de repente y, sin mediar palabra, le dio una bofetada.
El golpe resonó con fuerza.
A Marina se le giró la cara, pero no se atrevió a decir nada y se enderezó de inmediato.
Adriana, sin hablar, le dio dos bofetadas más.
La cara de Marina se hinchó al instante y su labio se partió, sangrando.
Los demás presentes, al ver la escena, se encogieron de miedo.
—Joaquín, ¿ya te sientes mejor?
Joaquín se sobresaltó.
—Yo… yo…
—Como su prometido, creo que es tu deber, ¿o no?
Joaquín se sentía humillado, pero aun así ayudó a Marina a levantarse, le puso algo de ropa a toda prisa y, entre arrastrarla y cargarla, se la llevó de allí.
Óscar tomó a Isabella de la mano con la intención de irse con Joaquín y sus amigos, pero Adriana lo detuvo.
—Tengo que hablar contigo.
Solo por esa frase, Óscar no se atrevió a moverse y se quedó parado en la puerta.
Adriana se acercó entonces al tipo musculoso. Él no sabía quién era, pero la imponente presencia de la mujer, y sobre todo la reacción de los demás, lo habían intimidado.
—Tienes hasta la medianoche para irte de Nublario, y no vuelvas a poner un pie aquí nunca más.
—¡Tú quién… te crees que eres! —dijo el hombre, con la voz temblorosa.
—No necesitas saber quién soy, pero te aseguro que no verás el sol de mañana salir en Nublario.
Sonaba un poco exagerado, pero en ese momento el hombre no se atrevió a burlarse. Se vistió a toda prisa y, al ver que Adriana no parecía tener intención de hacerle nada por ahora, salió corriendo.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...