Gabriel intentó arrinconarla contra la puerta, pero Isabella se resistió con todas sus fuerzas. Él, apretando los dientes, le sujetó la cabeza y la azotó hacia adelante.
Se escuchó un golpe seco.
Isabella sintió que todo le daba vueltas y, por un instante, se le nubló la vista.
—Bella, no tienes idea de cuánto te amo. Sin ti, estos días… ¡de verdad que me estoy volviendo loco, loco!
Gabriel la sujetaba con fuerza mientras, con la otra mano, le jaloneaba la ropa.
—¡Dámelo, dámelo ya! ¡Bella, tú eres mi vida!
La emoción le recorría el cuerpo como una descarga eléctrica, y su respiración parecía arder.
Isabella sacudió la cabeza para despejarse, pero su cuerpo reaccionó por instinto. Dobló el codo y lo lanzó hacia atrás con fuerza. En el breve instante en que Gabriel se separó de ella, aprovechó para darse la vuelta y levantar la rodilla con un golpe certero. Mientras él se doblaba de dolor, ella giró sobre sí misma y le soltó una patada.
Fue una serie de movimientos limpios y precisos. Para cuando su mente reaccionó, Gabriel ya estaba de rodillas en el suelo.
Con una mirada gélida, Isabella se acercó en dos zancadas y le dio un par de bofetadas.
Los golpes resonaron, y Gabriel escupió un hilo de sangre.
—No, no me pegues más…
Gabriel se cubrió la cabeza con las manos, como si apenas estuviera volviendo en sí y comprendiendo el grave error que había sido provocarla.
—Yo… anoche bebí de más, no sabía lo que hacía.
«¿No sabías lo que hacías?».
Isabella esbozó una mueca, lo agarró del pelo y tiró de él hacia atrás, obligándolo a mirarla.
—¿Decías que me amas? —entrecerró los ojos.
—Yo… te amo…
Isabella soltó un bufido y le dio otra bofetada.
—¿Todavía me amas?
—Yo… —Gabriel temblaba de pies a cabeza, pero por alguna extraña razón, sintió que la pregunta de Isabella era una especie de prueba—. Sí, te amo…
Isabella asintió y, esta vez, le dio dos bofetadas seguidas.
—¡Solo quería un hijo, no es que no te amara! ¡No fue un error tan grave! Isabella, volvamos a ser como antes. ¡Estoy sufriendo mucho, estoy agotado, te necesito!
A Isabella le temblaba la comisura del labio, mientras Gabriel sollozaba sin control.
Vaya escena…
Isabella recordó cómo lo había tratado Carolina la noche anterior y la forma sumisa en que Gabriel había actuado. Empezaba a entender lo que pasaba por su cabeza.
—Quieres volver a como era antes porque antes eras el respetable señor Ibáñez, no tenías que rebajarte a suplicarle a nadie. Los problemas de la empresa no te llegaban y tu papá no te presionaba, ¡porque ahí estaba yo, Isabella, cargando con todo!
Al decirlo, Isabella soltó una risa amarga. Antes creía que era su deber, pero ahora se daba cuenta de lo tonta e ingenua que había sido.
¡¿Y por qué diablos tenía que ser así?!
¿Qué había hecho él por ella para que tuviera que cargar con todo?
Sí, lo había amado, pero ¿desde cuándo el amor se trataba solo de dar sin esperar nada a cambio?
—¡Gabriel, eres un maldito inútil! ¿Crees que antes no lo sabía? Te equivocas, ¡siempre supe que eras un bueno para nada! Pero en ese entonces te amaba y por eso estaba dispuesta a hacer todo por ti. Hasta los más débiles se levantan de vez en cuando, ¡pero tú siempre has sido una plasta, un cobarde!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...