—Isabella, si no fuera por mí, por Gabriel, ¿crees que estarías donde estás ahora? Eres una malagradecida. Una y otra vez me has puesto en ridículo, has avergonzado a la familia Ibáñez. ¡Este final te lo mereces!
En ese momento, Raúl se levantó y miró a Isabella con un suspiro cargado de falsa compasión.
—Yo te formé, confié en ti, y así es como me pagas. Pero como tu mayor, te doy un consejo: confiesa pronto, cumple tu condena y saldrás antes. Quizás entonces todavía tengas alguna esperanza.
Dicho esto, Raúl se dirigió hacia la salida.
—¡Raúl, recuerda que fuiste tú quien llevó las cosas a este extremo! —le advirtió Isabella en voz baja.
—¿Y qué? —Raúl soltó una risa burlona—. Ya estás aquí encerrada, ¿qué podrías hacerme?
—¡Haré que pagues por esto!
—Oficiales, ¿la oyen? ¡Hasta me está amenazando! —Raúl negó con la cabeza, sonriendo—. El bien siempre gana, Isabella. ¡Aquí te espero!
Después de que Raúl salió, Gabriel también se puso de pie.
—Isabella, en consideración a lo que tuvimos, más tarde te enviaré algo de ropa y artículos de aseo. Pórtate bien aquí adentro, intenta reformarte.
—Gabriel, de ahora en adelante, ¡la mancha más grande en mi vida serás tú!
Gabriel sonrió.
—Pero, Isabella, tu vida se acabó.
***
Cuando padre e hijo regresaron a casa, Diana ya le había pedido a Manuela que preparara vino y comida. Al enterarse de que Isabella estaba en la cárcel, soltó una carcajada.
—¡Bien! ¡Excelente! ¡Esa maldita zorra por fin está recibiendo su merecido!
Raúl se quitó el saco, se sentó a la mesa, se sirvió una copa de vino hasta el borde y se la bebió de un trago.
—Al principio no quería meterme con ella, pero no paraba de avergonzar a la familia Ibáñez, así que no me quedó más remedio que actuar.
—Estos días, por su culpa, no podía comer ni dormir bien. Hasta me salieron más arrugas. Por fin me siento aliviada —dijo Diana, sirviéndole otra copa a Raúl.
—¡Ja! De esta no se salva. Va a pasar una buena temporada en la cárcel.
—Y todo gracias a mí. Cuando desviamos esos diez millones, tuve la precaución de que Gabriel creara una empresa fantasma. Era por si acaso Isabella descubría la verdad y quería vengarse de nosotros en el futuro.
—Es una mujer con muy pocas miras. ¿Qué importaba que el acta de matrimonio fuera falsa? La tratábamos bien, y eso era suficiente. Además, si hubiera podido tener hijos, no habríamos necesitado que Gabriel se casara con Otilia. Y hablar de eso es todavía más frustrante.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...