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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 308

—¡Lo hicimos porque te queremos!

—Y yo los quiero a ustedes.

—Nosotros no tenemos dinero, pero tú sí, ¡y aun así nos haces comer sobras!

—Yo tengo dinero y no necesito andar recogiendo las sobras de nadie. ¿Es que no lo entienden o es que usan su “amor” para fastidiarme?

—¡Tú… eres una maleducada!

—Mi educación depende de la persona, y ustedes dos no se la merecen.

—¡Tú!

Osiel se quedó sin palabras. Al ver que la gente seguía grabando con sus celulares y que los comentarios empezaban a favorecer a Isabella, se levantó furioso y se llevó a Valeria.

—¡Ahora mismo vamos a la casa de los Crespo a conocer a nuestra consuegra!

Isabella apretó los dientes y los siguió. No quería armar más escándalo, así que esperó a que estuvieran en un lugar con menos gente para detenerlos.

—Sé que Erick los trajo para molestarme, para arruinar mi reputación y sacarme dinero, ¡pero eso no va a pasar! ¡No le daré ni un centavo!

Osiel la miró con los ojos muy abiertos.

—He oído que te casaste con una familia rica, que te sobra el dinero. ¿Qué te cuesta darnos unos cuantos millones a tu hermano y a nosotros? ¡Es tu deber como nieta!

—Deberían dar gracias de que no he ido a ajustar cuentas con ustedes, ¿y todavía quieren mi dinero? ¡Ja! Cuando se mueran, a lo mejor les quemo unos billetes de papel.

—¡Tú… sigues siendo de nuestra familia!

—¿Dónde estaban cuando Francisco me maltrataba?

—Eso ya pasó. Tu madre mató a mi hijo, y yo no les he reclamado nada. ¡Deberían estar agradecidos!

—¡Se lo merecía!

—Y a las familias ricas lo que más les importa es la apariencia. Si los haces quedar mal, ¡no dudarán en echarte! —añadió Osiel.

Así eran los Benítez, la pesadilla de la que ni ella ni su madre podían escapar.

—Por cierto, esta mañana fuimos a ver a tu padrastro. Cuando salió cojeando, no pude evitar reírme. Se lo tiene bien merecido. ¡Qué estúpido, que por salvar a esa zorra de tu madre le rompiera yo una pierna! —dijo Osiel con desprecio.

—Y encima nos trató con amabilidad. Hasta nos dio tres mil pesos para que te dejáramos en paz —la anciana hizo una mueca—. ¿Cree que somos limosneros? ¿Que con esa miseria nos iba a contentar?

—¿Adivina qué le dije que lo hizo desmayarse del coraje? —preguntó Osiel, arqueando una ceja.

Isabella ya tenía los puños apretados, a punto de perder el control.

—Le dije: “Cojo, cuando te acostabas con esa zorra, ¿te dijo cuántos hombres habían pasado por su cama? ¡Bah, seguro que ni ella misma lleva la cuenta!”.

***

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