Al salir con Jairo, una ráfaga de viento pareció disipar los pensamientos de Isabella.
Sacudió la cabeza y volvió a mirar a Jairo. Su ceño todavía estaba fruncido por una melancolía que no se iba.
La pequeña princesa de la familia Crespo había fallecido.
Esa era la razón por la que Marcela nunca había estado bien del todo, la razón por la que no le gustaba, e incluso odiaba, a Óscar, y la cicatriz que el tiempo aún no había cerrado en el alma de Jairo. También era el origen de la distancia entre él e Iván.
—Ese día, él estaba cuidando a Lili. Pero estaba tan ocupado hablando por teléfono de negocios que no la vio salir corriendo, y entonces…
—¿Y entonces?
—Un árbol enorme, debilitado por una tormenta, se desplomó de repente y le cayó encima.
Isabella se tapó la boca. No podía creer que Lilia hubiera muerto de esa manera.
—Después, cuando mi madre estaba en su peor momento, se divorció de ella. Y cuando estábamos recopilando información para «revivir» a mi hermana, se negó a cooperar. Nunca ha venido a verla.
Las palabras de Jairo estaban cargadas de resentimiento, pero Isabella no supo cómo consolarlo.
En realidad, no podía sentir lo mismo que ellos, ni el dolor de Marcela y Jairo, ni el remordimiento que se escondía tras la frialdad de Iván. En ese momento, cualquier palabra sería demasiado superficial. Solo pudo abrazar a Jairo con todas sus fuerzas.
Al salir en carro de aquella enorme finca, Isabella comprendió por fin por qué sentía que el lugar era tan frío, por qué no había calidez humana a pesar de la gente. La familia Crespo había convertido su hogar en un cementerio.
Y en ese cementerio no solo descansaba Lilia, sino todos los miembros de la familia Crespo.
En el instante en que cruzaron la puerta principal, fue como si Jairo volviera a la vida.
Le sonrió, a modo de disculpa. —¿Te asusté?
Isabella negó con la cabeza. —No me asusté, pero me duele.
—¿Por quién te duele?
—Por ti.
Los demás tenían a sus amores para que se preocuparan por ellos; ella solo tenía que preocuparse por Jairo.
Jairo la rodeó con un brazo y le besó la frente.
—Perdón por hacerte pasar por esto conmigo, pero tenías que saberlo.
—La próxima vez vendré contigo.
—De acuerdo.
Todos eran sus antiguos compañeros del departamento de proyectos del Grupo Triunfo, a quienes ella misma había formado. Su capacidad profesional era indiscutible. Ahora que abría su propia empresa, el hecho de que confiaran en ella y estuvieran dispuestos a empezar de cero a su lado la llenaba de alegría y emoción.
—Gracias a todos. Pero les prometo que no solo comeremos huesos. Habrá carne, ¡y comeremos hasta hartarnos!
Todos aplaudieron y se dieron ánimos mutuamente.
Dejando atrás a su equipo de confianza, Isabella miró a Luna Rojas, que estaba de pie en la puerta de la oficina, y caminó hacia ella con una sonrisa.
—Señorita Rojas, de ahora en adelante, cuento con usted.
Isabella le tendió la mano y Luna se la estrechó con una sonrisa.
—No es ninguna molestia. Solo que últimamente el dinero se va como agua, y me preocupa que te duela.
Isabella se dio unas palmaditas en el pecho y dijo con generosidad: —¡Gasta lo que necesites, que dinero no falta!
La empresa la habían fundado ella y Luna juntas. Isabella aportaba el capital principal, mientras que Luna se encargaba por completo de la gestión y administración. Las ganancias se repartirían en proporción.
Luna vio que llevaba una caja de pasteles y pensó que era para ellos, así que se dispuso a tomarla.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...