La mirada de Adriana se volvió gélida, pero antes de que pudiera decir algo, Isabella se le adelantó.
—No tengo intención de poner en aprietos a gente inocente, así que por mi parte no hay problema.
Adriana apretó los dientes. Si no aceptaba, ¿quedaría como la que estaba creando problemas a propósito?
Miró a la estilista y vio que, efectivamente, juntaba las manos en un gesto de agradecimiento hacia Isabella.
Respiró hondo. —Yo tampoco tengo problema.
Con la ayuda de las asistentes, ambas comenzaron a arreglarse al mismo tiempo.
—¿Vas a la cena de Eliana Gutiérrez? —preguntó Adriana.
Isabella respondió con indiferencia: —Es obvio que tú también.
—Ja, ¿y con qué derecho vas tú? ¿Como la señora de la familia Crespo? No he oído a la señora Crespo decir que pensara llevarte.
—¿Qué pasa, como no pudiste con mi marido, ahora intentas congraciarte con mi suegra?
—Nuestras familias son amigas de toda la vida. Jairo y yo nos conocemos desde niños, y la señora Crespo siempre me ha tenido mucho cariño. Entre nosotras, la extraña eres tú.
—Mi marido y yo tenemos un acta de matrimonio, ¿tú qué tienes con él?
—¡Tú!
—¿Y todavía hablas de ser la extraña? Tus intenciones de ser la otra no podrían ser más obvias.
—¡Isabella!
—¿A qué vienen las prisas? ¿Esa es toda la educación que tiene la señorita de la familia Méndez?
Adriana rechinó los dientes de rabia, pero no pudo hacer nada.
En otros aspectos, Adriana era bastante competente. Por ejemplo, en la gestión de la empresa; se decía que ya tenía a su cargo la mitad de los negocios del Grupo Méndez, lo que demostraba su capacidad.
También en los asuntos familiares parecía ser decidida y enérgica, con aires de futura matriarca.
—¿Pero qué te pasa hoy? ¡Qué espanto me has hecho! ¿Cómo voy a ir así a la fiesta? —Adriana, al ver su maquillaje terminado y compararlo con el de Isabella, estalló en un ataque de ira.
Isabella esbozó una media sonrisa y se fue a cambiar de ropa de buen humor.
Ya habían traído vestidos de varias tiendas de lujo para que Isabella eligiera el que más le gustara.
Los fue mirando uno por uno y al final eligió un vestido de noche rojo palabra de honor. A primera vista, el diseño era bastante básico, pero la calidad de la tela era excelente y la espalda descubierta le daba un toque de diseño muy original. Era llamativo sin perder la elegancia, perfecto para ella.
Una vez elegido el vestido, el personal aún tenía que plancharlo, así que ella entró primero al probador.
Se tomó un café y esperó, y esperó, pero el vestido no llegaba.
Justo cuando estaba a punto de perder la paciencia, entró la estilista con cara de disculpa.
—Señora Crespo, ese vestido se lo… se lo ha llevado la señorita Méndez.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...