—¡Isabella! ¡Por su culpa me pasó esto! ¡No se la voy a perdonar!
Gabriel frunció los labios.
—Te lo advertí, no te enfrentes a Isabella directamente. No puedes con ella.
—¿Crees que soy una cobarde como tú?
—¡Ya basta, Otilia!
—¡A mí me lastimaron! ¡Si fueras un hombre de verdad, irías a buscar a los que me hicieron esto, no te pondrías a gritarme a mí!
—¡Tú y yo ya estamos divorciados!
—¡No eres más que un poco hombre!
—¡Lárgate de aquí ahora mismo! ¡En mi casa no eres bienvenida!
—¿Esta es tu casa? ¡Si tuvieras un poco de dignidad, no estarías viviendo arrimado en la casa de alguien más!
—¡Otilia!
—¿Acaso he dicho alguna mentira?
La discusión subió de tono, despertando a María. La niña bajó las escaleras frotándose los ojos.
—Papá, mamá, ¿están peleando otra vez?
Al ver a su hija, Gabriel bajó la voz de inmediato.
—No, cariño, solo estábamos hablando un poco fuerte…
—¡Ay, María, qué vida tan miserable la de tu madre!
Pero a Otilia no le importó y se echó a llorar frente a la niña.
María, al ver las heridas de su madre, bajó corriendo.
—Mamá, ¿qué te pasó? ¿Quién te hizo daño?
—¡Hija, solo tú te preocupas por mí! ¡Todo lo que hago es por ti, pero tu padre no me entiende! ¡Esa zorra de Isabella! ¿Sabes lo que me hizo? Me abandonó con todos esos hombres…
—¡Otilia, cállate!
Gabriel le tapó la boca a Otilia con la mano. ¿Cómo se atrevía a decirle esas cosas a su hija, sin pensar si podría soportarlo o el trauma que le causaría?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...