Siguiendo la dirección, Isabella llegó a lo que parecía ser una colonia popular muy marginada.
Habiendo vivido tanto tiempo en Nublario, no sabía que en medio de la prosperidad de la ciudad se escondía un lugar así, lleno de casuchas de dos pisos, sucio, desordenado y caótico.
Avanzó un poco con el coche, pero los puestos ambulantes y las construcciones ilegales bloqueaban el paso, así que tuvo que echarse en reversa. A pesar de que tuvo mucho cuidado y vigiló sus espejos, supuestamente golpeó a un viejo en bicicleta.
Isabella bajó del auto y vio al anciano tirado en el suelo, agarrándose la pierna izquierda y gritando mientras la señalaba.
—¡Me rompiste la pierna! ¡Voy a quedar inválido! ¡Págame mi pierna, págame!
Isabella frunció el ceño. Podría ser que hubiera rozado la bicicleta, pero un golpe directo era imposible. Había estado muy atenta, no escuchó ningún ruido y el coche no tenía marcas. Y mucho menos para romperle la pierna.
Isabella entrecerró los ojos y sacó su celular, fingiendo que iba a hacer una llamada.
—¿A quién llamas? —preguntó el viejo apresuradamente.
Isabella alzó una ceja.
—A la policía, por supuesto.
El viejo abrió los ojos como platos.
—¡Tú me atropellaste! Yo ni he llamado a la policía, ¿y tú quieres llamarles primero?
—Te ayudo a reportarlo.
—¡Tú...!
El viejo tosió un poco.
—No hace falta, no soy tan irracional. Sé que no fue a propósito.
Al ver la actitud del viejo, Isabella confirmó que era un "montachoques" intentando estafarla.
—¿Qué quieres entonces?
—Pues que me pagues dinero, obvio.
—¿Cuánto?
El viejo escaneó la ropa de Isabella y su coche.
—Mínimo unos cien mil pesos.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...