[¿Platicar de qué?]
[No sé, supongo que el señor Crespo tampoco está seguro].
Isabella suspiró. Vaya situación.
—¿Se equivocó de lugar? —preguntó la mujer otra vez.
Isabella guardó silencio un momento.
—Busco a David. ¿Aquí vive?
Al escuchar eso, la cara de la mujer se llenó de miedo.
—¡No, se equivocó de casa!
Isabella entornó los ojos. Por la expresión de la mujer, no se había equivocado. Seguramente negaba conocerlo porque David debía tener un montón de problemas y deudas allá afuera, y ella temía que le cobraran.
—David me debe mucho dinero —dijo Isabella.
—¡Ya le dije que no lo conozco! ¡Busque en otro lado!
—Él me enseñó una foto tuya, sé quién eres.
Al oír esto, la mujer entró en pánico y se derrumbó.
—¡Por favor, tengan piedad de mí! ¡Yo no sé cuánto pidió prestado ni qué hizo, nunca vi un peso de ese dinero! ¡Búsquenlo a él, cóbrenle a él!
—Él ya murió, ¿dónde quieres que lo busque?
La mujer se cubrió la cara.
—¿Y yo qué puedo hacer? ¿Quieren matarme a mí también?
Isabella pensó rápido.
—Como mujer, te compadezco. Por suerte lo que me debe no es tanto, así que olvidemos la deuda.
Al escuchar que perdonaba la deuda, la mujer pasó del llanto a la alegría en un segundo.
—Gracias, es usted una santa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...