El lugar de encuentro era un parque pequeño y bastante apartado.
Víctor encontró a Adriana y vio que llevaba ropa deportiva barata, el pelo cortado hasta las orejas y ni rastro de su maquillaje refinado. Parecía otra persona.
Al verla así, Víctor no pudo evitar soltar una carcajada.
—¡Pensé que eras la señora de la limpieza!
Adriana puso mala cara.
—¡Te busqué por un asunto serio!
Víctor claramente no estaba de humor para negocios. Siguió burlándose de ella:
—Escuché que no eres hija biológica de Rafael, sino que tu mamá te tuvo con un amante y que cuando Rafael se enteró, las deportó a ti y a tu madre. Oye, ¿y cómo regresaste?
Adriana frunció el ceño.
—Me colé de regreso.
—¿A qué volviste?
—¡A buscarte, obvio!
—¿A buscarme? —Víctor soltó una risa burlona—. ¿No me digas que todavía quieres que me case contigo? Adriana, ¿por qué no te miras en un espejo? Antes estaba dispuesto a casarme contigo porque eras la señorita Méndez, pero ahora, ¿qué eres? Una bastarda. ¿Crees que mereces casarte conmigo?
—¡Víctor! —Adriana apretó los dientes—. ¡Te busqué para que cooperemos!
—¿Tú? ¿Cooperar conmigo?
Adriana respiró hondo.
—¡Puedo ayudarte a quitarle el Grupo Crespo a Jairo!
Víctor parpadeó.
—¿Tú sola? ¿Quitárselo a Jairo?
—Tengo un plan, pero depende de si quieres el Grupo Crespo o no.
Víctor sabía que Adriana tenía ciertas habilidades, pero lo pensó detenidamente.
—No lo quiero.
—Tú… tú eres el verdadero nieto de la familia Crespo. ¿Te vas a resignar a dejarle el Grupo Crespo a un extraño?
Los ojos de Adriana se oscurecieron.
—No importa si no me crees, te lo demostraré.
***
Isabella también asistiría a la cena anual del trigésimo aniversario del Grupo Crespo. Cristian le había llevado la invitación personalmente.
Debido a los recientes sucesos en la familia Crespo, el abuelo quería animar un poco el ambiente con la fiesta y le pidió que llevara a los dos niños sin falta.
Por la tarde, tras recoger a los niños de la escuela, corrió a casa para cambiarse y ponerse la ropa que había preparado.
Dejó que los niños se vistieran solos y ella fue a su habitación a ponerse el vestido de noche. Justo cuando iba a empezar a maquillarse, escuchó gritos de pelea afuera. Salió y vio a los dos niños, uno con un oso de peluche y el otro con una almohada, dándose de golpes.
Normalmente Isabella no intervendría, pero tenían prisa, así que se apresuró a separarlos.
—¡Dijo que mi ropa se ve fea! —se quejó Samuel señalando a Lucas.
Lucas hizo una mueca.
—Es que sí se ve fea.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...