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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 919

—Martina, cuando tu mamá y yo nos enojamos contigo, la verdad es que lo hacíamos por tu bien, queríamos que enderezaras tu camino. Pero... luego de pensarlo bien, nos dimos cuenta de que en este mundo no hay caminos correctos. Mientras sepas ganar dinero, eso es lo que cuenta como verdadero talento.

—Mira, hagamos algo: tú te regresas a vivir a la casa con nosotros. Y en cuanto a esta mansión, la pones a nombre de tu padre. Yo la uso como garantía para pedir un préstamo y, en cuanto la empresa pase el bache, te la devuelvo intacta.

Martina soltó un ruidito de sorpresa.

—¡Híjole! ¿Por qué me suena tan conocido ese cuento?

—¡Martina, la otra casa que tenías te la vamos a regresar en cuanto tu hermana se case! Además, con todo el dinero que tienes ahora, ¿a poco te sigue importando esa casita?

—Ya me robaron una casa con engaños, ¿y ahora me quieren aplicar la misma maña para quitarme esta? ¿Están alucinando o de verdad me ven la cara de estúpida?

El rostro de Rubén se ensombreció.

—Te mantuvimos y te criamos todos estos años. Ahora que la familia está pasando por problemas, ¡es tu obligación ayudarnos!

—Ya hasta tuve que vender mi cuerpo, ¿y todavía no están conformes?

—¡Qué cosas dices! ¡Nosotros jamás te pedimos que hicieras eso!

—¿Ah, no? Pero bien que disfrutan gastarse el dinero que gano abriendo las piernas, ¿verdad?

—¡Tú...!

—Por cierto, no solo me criaron a mí, también tienen a Alicia. La señorita ya casi se convierte en la señora Quintero. Sacar unos cuantos millones para salvar la empresa de su familia no debería costarle ningún trabajo, ¿o sí?

—¡A mí no me metas en tus asuntos! —gritó Alicia, furiosa—. ¡Yo me voy a casar por amor, no me ando vendiendo como tú!

Martina se cubrió la cara y soltó una carcajada. Qué chistoso, se gastaban el dinero de sus acostones, ¡y Alicia todavía se daba aires de grandeza!

—Mamá, ¿y tú qué dices? —le preguntó a Elsa.

Elsa ya estaba a punto de insultarla, pero al ver las señas desesperadas que le hacía Rubén con los ojos, se tragó el coraje y le contestó:

—Si de verdad puedes ayudar a tu padre, échale la mano.

—¿Y ya no le da vergüenza?

—¡Deja de hablar con ese tonito sarcástico!

—Ay, mamá, ¡mírate nomás! Tan digna que eras. ¿Qué pasó? ¿Acaso tienes miedo de que la empresa quiebre y tengan que volver a vivir en la miseria? Pues esta vez, ni se preocupen... ¡porque no les voy a dar ni un solo peso!

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