—A mí me da igual.
Elsa carraspeó un poco.
—Entonces, ¿lo compramos?
—¿Alguna otra cosa?
—Romeo, la verdad es que tú deberías comprarle este anillo a Ali...
—Perdón, estoy ocupado. Hasta luego.
Sin darle tiempo a Elsa de agregar otra palabra, Romeo colgó la llamada.
—¡Ay, mamá! ¡Para qué le das tantas vueltas! ¡Nada más le hubieras pedido la tarjeta! —se quejó Alicia, molesta por la falta de tacto de su madre.
Elsa la fulminó con la mirada. ¿Acaso no tenía dignidad para andarle pidiendo dinero así como así? Sin embargo, al voltear y ver a Martina soltando una risita disimulada, apretó los dientes y volvió a marcar.
—Vaya preparándome la nota, sí nos lo llevamos —le indicó a la empleada, mientras esperaba a que Romeo contestara.
Estaba segura de que, si le pedía el dinero directamente, Romeo no tendría el descaro de negárselo a su futura suegra.
Pero la empleada terminó de hacer la nota y Romeo seguía sin contestar.
Elsa se quedó pasmada.
—Señora, ¿va a pagar con tarjeta? —preguntó la vendedora.
—P-permítame un momento. Mi yerno está ocupado ahorita, en un rato me hace la transferencia.
La expresión de la empleada cambió drásticamente al escucharla.
Ese par de mujeres llevaban un buen rato acaparando el anillo, impidiendo que se lo mostraran a otros clientes. Prometían pagar y luego sacaban excusas para retrasarlo. ¡Les estaban arruinando las ventas!
—Señora, ya emití la nota.
—¡Pues ni que no te lo fuéramos a comprar! ¡Qué prisa tienes! —le gritó Elsa.
La vendedora, resignada, no tuvo más remedio que quedarse esperando con ellas.
Por dentro, Martina se estaba muriendo de la risa. ¡No tenían ni un peso y se atrevían a ir de compras! Con ese teatrito de querer joyas de lujo, solo estaban preparando el terreno para hacer el ridículo.
—Ese collar está bonito, enséñamelo, por favor —pidió Martina.
Martina hizo a propósito que le sacaran un collar que a simple vista se notaba carísimo. Se lo puso y empezó a modelarlo frente al espejo.
La empleada no pudo ocultar su alegría al ver que el cobro había pasado sin problemas.
Hacía un momento, cuando la otra chica le reclamó que no podía pagarlo, sí le había entrado el miedo, pero ahora veía que se había preocupado por nada.
Empacaron el collar y se lo entregaron en las manos.
—Señorita, ¿se le ofrece alguna otra cosa?
Martina se miró los dedos vacíos.
—Me sigue faltando un anillo.
—Permítame un momento, tenemos varias piezas de colección. A ver si le agrada alguna.
Después de comprobar su tremendo poder adquisitivo, la empleada corrió a traer los anillos más caros y exclusivos de la tienda.
Mientras Martina analizaba los modelos, la otra empleada se impacientaba cada vez más.
—Señora, ¿cuánto tiempo más van a tardar? No puedo quedarme aquí atendiéndolas sin recibir a los demás clientes.
Elsa sentía que la sangre le hervía. Martina acababa de gastarse un millón seiscientos mil pesos como si nada, mientras que ellas se estaban tronando los dedos por unos miseros doscientos sesenta mil. La envidia y el coraje la estaban consumiendo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...