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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 929

El gerente dedujo que Martina estaba familiarizada con las dos mujeres. Por lo tanto, mencionó que, si ella cubría el costo del anillo, darían el asunto por terminado y no llamarían a la policía.

—Sí, la verdad ese anillo me gusta mucho —comentó Martina, clavando la vista en el rubí que Alicia aún resguardaba entre sus manos—. Aunque seguro debe haber opciones mucho mejores, ¿no?

Dicho esto, miró a la empleada.

La vendedora captó la indirecta al vuelo y se apuró a mostrarle las joyas más exclusivas de la sucursal, aquellas que eran consideradas los verdaderos tesoros del lugar.

Martina deslizó su dedo por encima de las opciones y, con actitud despreocupada, señaló una de ellas.

—Me llevo este.

De inmediato, la empleada procedió a elogiarla:

—Señorita Palacios, tiene usted un gusto exquisito. Este anillo fue diseñado por una de las figuras más reconocidas a nivel internacional, y es una pieza de rubí única en todo el mundo.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Martina a propósito.

—Este tiene un valor de ochocientos mil pesos.

La vendedora sacó el anillo del estuche para que Martina se lo probara; le quedó a la perfección.

Martina levantó la mano, admirando la joya. En el fondo, no era fanática de los anillos de rubí porque los consideraba muy escandalosos, pero si con eso lograba restregarle su dinero en la cara a Elsa y a Alicia, entonces valía cada maldito centavo.

Como era de esperarse, Elsa frunció el ceño en cuanto escuchó la cifra, mientras que Alicia no cabía en sí de la indignación.

—¡Ochocientos mil pesos un anillo! Si mejor le dieras ese dinero a tu papá para ayudarlo a salir de sus broncas, mínimo te lo tomaríamos como un buen detalle. ¡Pero no! Ya te lo gastaste todo. El día que ese infeliz te bote, ¿con qué te vas a quedar? —la reprendió Elsa con voz gélida.

—El día que me deje, mínimo me quedaré con una mansión de más de cien millones, un collar de un millón seiscientos mil y un anillo de ochocientos mil —razonó Martina, encogiéndose de hombros—. En cambio, si se lo doy a ustedes, ahí sí terminaré en la calle y sin un solo peso.

—¡Es imposible razonar contigo! —Elsa, que en el fondo seguía temiendo que las arrestaran, se dirigió rápidamente al gerente—: Es mi hija, puede cobrarle todo a su tarjeta.

El gerente volteó a ver a Martina; por mucho que fuera su madre, necesitaba la autorización de la dueña de la tarjeta para pasar el cargo.

Martina soltó un bufido.

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