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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 930

—Vaya, ahora sí me llamas hermana. ¿Cómo me decías antes? ¿Zorra, cualquiera?

—Per... perdón, te juro que no lo volveré a decir.

—Tus disculpas no sirven de nada. Y aunque lo jures, no te creo.

—¿Entonces qué quieres? —preguntó Alicia, fulminando a Martina con la mirada.

—Mírate, ni siquiera he dicho que te voy a ayudar y ya enseñaste el cobre.

—Yo...

—Primero, date dos cachetadas.

—¿Qué dijiste? ¿Quieres que me dé dos cachetadas? —preguntó Alicia, abriendo los ojos de par en par.

—¿No te atreves? —preguntó Martina, parpadeando de manera inocente.

—Marty, no puedes hacer que tu hermana se golpee frente a tanta gente. Es... es una locura —intervino Elsa, intentando calmar la situación.

—Me acabas de recordar algo. Creo que tú también me insultaste antes, ¿verdad? —dijo Martina, fijando la mirada en ella.

—No, yo no te insulté —se apresuró a decir Elsa, retrocediendo de inmediato.

—Claro que puedes negarte a hacerlo, pero piénsalo bien. Si hoy de verdad te lleva la policía, ¿crees que la familia Quintero te va a seguir queriendo? —Martina esbozó una sonrisa de medio lado y volvió a mirar a Alicia.

—Pero... soy tu hermana, ¿no sientes nada de cariño por mí?

—¿Tú lo sentiste alguna vez por mí?

Alicia apretó los labios. Sabía que Martina no la iba a ayudar de buena gana. Pedirle que se golpeara a sí misma... ¿cómo iba a hacerlo, y menos frente a todos? Pero si no aceptaba y la policía llegaba, la familia Quintero jamás la aceptaría al enterarse.

Tenía que aguantarse. Mientras lograra casarse con Romeo y convertirse en la legítima señora Quintero, tendría mil formas de cobrárselas a Martina.

Pensando en eso, Alicia apretó los dientes, levantó la mano y se dio dos buenas cachetadas.

—¿Así está bien?

—Muy suaves —dijo Martina con una sonrisa burlona.

—Te estás pasando de la raya...

—Soy una zorra, soy una cualquiera, ¿ya estás contenta?

Martina estaba de un humor inmejorable, así que le entregó la tarjeta al encargado para que cobrara.

Un anillo de doscientos sesenta mil pesos y otro de ochocientos mil pesos.

Se puso el de ochocientos mil pesos y le entregó el de doscientos sesenta mil a Alicia.

—Hermanita querida, recuerda bien que este anillo te lo regaló tu hermana mayor. De ahora en adelante, cada vez que lo veas, te vas a acordar de mí.

Y también recordaría que se había acostado con su prometido antes que ella, que había usado su cama matrimonial y que le había comprado el anillo con el dinero de él.

Qué delicia. Seguramente cada vez que lo recordara, le daría un coraje entripado.

Esa era su venganza contra ellos, y por supuesto, apenas era el comienzo.

Al ver a Martina alejarse con actitud triunfal, Alicia le aventó el anillo a Elsa y salió corriendo tras ella.

Elsa ni siquiera intentó detenerla. Martina las había humillado de tal manera que se merecía una buena arrastrada.

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