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La Otra Familia en Sus Publicaciones romance Capítulo 220

—Noelia soportó varios latigazos y estuvo de rodillas más de una hora solo para protegerlos, pero tú te la pasaste cuidando a Elvira. ¿Todavía te atreves a decir que no hay nada entre ustedes? —aventó Uriel con una mezcla de rabia y decepción.

Raúl, recargado contra el pie de la cama, se limpió la sangre que le escurría por la comisura de los labios. Cada palabra le costaba, pero aun así se dirigió a Uriel, marcando bien cada sílaba.

—Ese niño no es mío. Tú también lo sabes. No hay nada entre Elvira y yo. Lo único que quiero es que el abuelo deje de ver a Elvira con tanto desprecio.

Uriel soltó una carcajada desdeñosa.

—Precisamente porque ese niño no es tuyo, me das más coraje —le soltó con un gesto de fastidio—. Elvira dice que por el niño se te acerca; tú dices que todo lo haces por Elvira. Los dos se la viven buscándose, cuidándose… ¿qué es eso, si no es amor?

Uriel apretó los puños.

—Raúl, Noelia y yo crecimos juntos desde niños, éramos inseparables. Si sigo permitiendo que la trates así, no merezco que me llame hermano.

Uriel lo miró de arriba abajo, con desprecio.

—Por Elvira y un niño que ni es tuyo, lastimas a Noelia. No mereces ser su esposo.

Al terminar, Uriel salió dando un portazo. —¡Pum!—

...

Raúl se quedó en silencio largo rato, solo en la habitación. La soledad pesaba como una losa sobre su pecho.

Hace seis años, sí se había enamorado de Elvira. Incluso pensó en casarse con ella. Pero el tiempo le enseñó que ese cariño se había esfumado hacía mucho. Ya no sentía nada por Elvira, ni quería sentirlo. No podía aceptar a Elvira, ni en su vida ni en su cama.

Elvira había sacrificado su propia felicidad por él y, aun así, Raúl solo cumplía una promesa vieja, un compromiso que no podía romper. Su silencio, su manera de proteger a Elvira, solo habían causado malentendidos con Noelia y le habían roto el corazón. Pero nunca la traicionó. Nunca pensó en dejarla.

Desde el día en que decidió casarse con Noelia, se prometió a sí mismo que sería para toda la vida.

Después de tanto esfuerzo para hacer que Noelia regresara a su lado, no pensaba dejarla ir. El divorcio no era una opción.

—¿Todavía te duele…?

Apenas lo dijo, se arrepintió. Sabía bien cuántos latigazos había recibido él mismo. Incluso siendo un adulto, le costaba soportarlo. ¿Cómo no iba a dolerle a Noelia, que siempre fue tan delicada, que desde niña le tuvo miedo al dolor?

Noelia, de lado en la cama, lo miró fijo. Vio cómo las arrugas del enojo se le marcaban a Raúl en la frente. Ella sonrió apenas, débilmente, y su voz salió baja y quebrada.

—No duele —murmuró.

Se miraron durante unos segundos. Noelia le dedicó una sonrisa frágil, casi invisible.

De pronto, Raúl sintió que el pecho se le apretaba, como si un puño invisible le destrozara el corazón.

—Noelia, sé que te duele —susurró, tragando saliva—. Si tienes coraje, si quieres llorar, gritar, lo que sea… hazlo. Pero no sigas guardándotelo así.

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