—¡¿Quién te golpeó en la cara?! ¡¿Quién te apretó así el cuello?!
Valerio levantó la mano a la velocidad del rayo mientras hablaba y, con la yema de los dedos, acarició el área enrojecida de su mejilla.
Salvo por ese hematoma rojizo en medio rostro, la joven lucía pálida como un papel; parecía que se le había ido por completo el color.
Tenía los ojos inyectados en sangre, acompañados de una mirada opaca y sin brillo.
No obstante, no era muy difícil notar la terquedad, el terror y la angustia escondidos en el fondo.
Esos labios que alguna vez habían lucido rosados y llenos de vida ahora estaban secos y partidos.
Entre los ligeros temblores de su boca se notaban unas grietas profundas, como si acabara de salir de una agonía.
Valerio tragó saliva de forma inconsciente.
Una chica de veinticinco años, que jamás había tenido que lidiar con problemas graves, pasando toda una noche recluida en un lugar así... de seguro estaba aterrada.
Sin embargo, por muy asustada que estuviera, ella prefirió echar a correr cuando él fue a recogerla.
Dio la impresión de que preferiría quedarse a pudrirse allí antes que irse con él.
¿Hasta qué punto le repugnaba?
Al ver que Erika no le respondía, él volvió a preguntar:
—Acaso fueron los oficiales durante el interrogatorio...
Erika volteó la cara y susurró en voz baja:
—No, no fueron ellos.
Valerio intentó controlar su temperamento, y su voz ronca y grave volvió a resonar:
—¿Quién fue el que te golpeó? Dime su nombre.
Conforme decía esto, agarró la mano de Erika con suma delicadeza y se la apretó contra la suya.
En ese instante, a Erika se le hizo un nudo en la garganta.
Sintió el contraste de su mano helada envuelta en la calidez de él; un gesto que antes habría sido la mayor de sus ilusiones, su más grande deseo.
Vamos, que en toda su vida, él jamás la había tocado de esa manera.

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