Delegación.
La puerta de la sala de interrogatorios rechinó al abrirse.
Un oficial se paró en el umbral y habló con voz protocolaria:
—Erika, alguien pagó tu fianza. Firma estos documentos y podrás irte. No obstante, por el momento tienes prohibido salir del país y deberás estar atenta a cualquier citatorio.
Erika alzó lentamente sus ojos consumidos por el agotamiento y miró al agente.
Él se acercó a ella y le puso los papeles y una pluma sobre la mesa.
Tuvieron que pasar varios segundos para que el cerebro de Erika procesara lo que acababa de escuchar.
Sintió una punzada de emoción en el pecho. ¿Quién era? ¿Quién la había sacado de allí?
¿Sería Adrián? ¿O quizá Martina?
Con las manos temblorosas, Erika estampó su firma con trazos chuecos.
Intentó levantarse de la silla con mucho esfuerzo, pero tras varios intentos seguía sintiéndose débil, adolorida y mareada.
Erika cerró los ojos un momento, inhaló profundamente varias veces y, tras mover un poco los brazos y las piernas, logró ponerse de pie.
Comenzó a caminar detrás del policía. Arrastraba los pies con pesadez, como alguien que apenas se va levantando de una enfermedad gravísima, sufriendo a cada paso.
Al llegar al área de recepción, Erika recorrió el lugar con la vista.
Cuando finalmente reconoció a la persona que la esperaba, se le cortó la respiración del asombro.
¡¿Valerio?!
Aunque traía cubrebocas y lentes oscuros, Erika lo identificó en una fracción de segundo.
Pero... ¿por qué había venido él a salvarla?
Y, sobre todo, ¿no se suponía que estaba internado?
Erika le dirigió una mirada cargada de emociones encontradas. Tenía un parche de gasa en la frente y el brazo izquierdo envuelto en vendas, sujetado por un cabestrillo al pecho.
Aun así, el hombre mantenía una postura impecable, con esa presencia imponente que lo caracterizaba; daba la impresión de que irradiaba un brillo inquebrantable en todo momento.
En medio de su confusión, aquel hombre le transmitió una tremenda sensación de seguridad.
Pero justo entonces, Valerio comenzó a caminar hacia ella con paso decidido.
Al darse cuenta, a Erika se le tensó la espalda y su mente se quedó completamente en blanco.
Como si su cuerpo tuviera voluntad propia, dio media vuelta de repente y empezó a caminar en la dirección contraria.
Pero antes de que pasaran un par de segundos, lo primero que percibió fue aquel olor limpio tan característico de él, mezclado con un fuerte aroma a medicina.
Valerio se adelantó a toda prisa y se plantó justo enfrente de ella.
Erika no tuvo más remedio que detenerse; sus manos se aferraron con fuerza al borde de su ropa, mientras agachaba tanto la cabeza que su barbilla casi tocaba su pecho.
Parecía una niña asustada que no sabía qué hacer.
Valerio se quedó observando a la mujer que tenía frente a él, con una mirada intensa, pero como ella seguía encogida, no lograba verle la cara.
—Levanta la mirada —ordenó Valerio con una voz profunda.
Los pensamientos de Erika seguían dando vueltas a mil por hora, así que cuando escuchó la orden, alzó el rostro por inercia.
En el momento en que levantó la cabeza, la expresión serena de Valerio se transformó en un segundo en una mirada fiera:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón