Pero al llegar, la perilla no cedió; parecía que él había puesto llave por fuera después de entrar.
Justo cuando no sabía qué hacer, un olor familiar inundó su nariz y le provocó un vuelco en el corazón.
No necesitaba voltear para saber que Valerio estaba parado justo detrás de ella.
Al instante siguiente, sintió un tirón y perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás.
Para cuando reaccionó, ya había caído en su pecho y el fuerte brazo de él rodeaba su cintura.
Erika intentó zafarse, pero el brazo derecho de Valerio la tenía bien sujeta.
Entonces ocurrió algo que la llenó de pánico: la enorme mano de Valerio se deslizó desde su cintura hasta posarse suavemente sobre su vientre.
Aunque la palma estaba cálida, Erika sintió ese contacto como una amenaza.
—¿Por qué tiemblas? ¿Ya te dio miedo?
La voz de Valerio sonó como si viniera del mismísimo infierno, y su respiración le rozaba el cuello a cada momento.
Habló en un tono muy bajo, pero eso solo hizo que Erika se sintiera más aterrorizada.
¡Era obvio, ya lo sabía! ¡Sabía que los bebés seguían ahí!
¡¿Qué iba a hacer?!
Erika no se atrevía ni a moverse. Aguantó la respiración, intentando por todos los medios controlar los temblores de su cuerpo.
Pero la mano de él seguía ahí, acariciando y recorriendo su vientre.
Erika no podía descifrar qué emoción sentía él en ese momento ni qué intenciones tenía.
Solo tenía pánico de que en cualquier segundo hiciera fuerza para lastimarla...
Se quedaron así, atrapados en una tensión espeluznante.
Quién sabe cuánto tiempo pasó hasta que volvió a escuchar la voz de Valerio. Él le dio unas palmaditas suaves en la barriga y preguntó:
—Ese día en la calle me dijiste que son míos, ¿verdad?
Al escuchar eso, la respiración de Erika se aceleró irremediablemente.
Seguía sin creerlo, no creía que esos niños fueran suyos.
Lo cual significaba que no creía que ella le hubiera sido fiel...
¿Qué diablos había hecho para que él estuviera tan obsesionado con que le había puesto el cuerno y se había embarazado de otro?
¡Si ella jamás había tenido contacto con otros hombres más allá de prestarle dinero a un excompañero para ayudarlo, y Adrián solo había vuelto al país cuando ya estaban divorciándose!
Estaba segura de que, con lo desconfiado que era él, ya había mandado investigar a toda la gente que la rodeaba.
Ella no tenía cola que le pisaran, entonces ¿por qué seguía dudando de ella?
Erika le dio mil vueltas al asunto sin encontrar respuesta. Aunque le parecía el colmo de lo absurdo, fingió estar completamente serena y respondió de forma tajante:
—Lo sé.
Sí sabía sobre las pruebas de paternidad.
Había leído que durante el embarazo se podían hacer exámenes no invasivos, amniocentesis o biopsia de vellosidades coriónicas para determinar el lazo consanguíneo.

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