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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 136

Cayó la noche.

Erika ya había comido y bebido hasta saciarse; caminaba lentamente por la recámara.

Quería buscar su ropa y su bolsa, pero por más que revisó todo el cuarto, no había rastro de ellas.

Suspiró levemente. ¿De verdad Valerio pensaba encerrarla ahí?

Mientras pensaba en eso, Erika seguía caminando despacio por la habitación.

Aquel lugar estaba exactamente igual que cuando se fue, como si alguien lo limpiara seguido; todo estaba impecable.

Al no encontrar su ropa, Erika se quedó mirando el camisón de seda que llevaba puesto, perdida en sus pensamientos.

La caída de la seda era elegante, muy distinta a los vestidos holgados y con pliegues que usaba para salir.

Por eso, al bajar la mirada, su abultado vientre se notaba muchísimo.

Tan evidente que, a simple vista, ya parecía toda una embarazada.

Erika echó un vistazo alrededor y sus pies la llevaron hacia el clóset casi por inercia.

Al pararse frente a las puertas, dudó un momento antes de abrirlas con lentitud.

La imagen frente a sus ojos la dejó un poco pasmada: había exactamente la misma cantidad de ropa que cuando se marchó.

La única diferencia era que cada una de sus prendas estaba cubierta con un protector antipolvo.

Las yemas de sus finos dedos las acariciaron con suavidad, y en su mente afloraron recuerdos del pasado.

Sin embargo, por más que repasó cada detalle y cada momento, no logró encontrar ni una sola imagen cariñosa con Valerio.

Los papás de Valerio no la querían, pero tampoco la odiaban; simplemente, la trataban con total indiferencia.

Solo don Ireneo la consentía, la apreciaba y la trataba con el mismo cariño que a una nieta de sangre.

En ese instante, la puerta de la habitación emitió un leve chasquido.

Erika se apresuró a cerrar el clóset. Para cuando se dio la vuelta, Valerio ya estaba parado en medio de la recámara.

Sus miradas se cruzaron. Erika no pudo descifrar ninguna emoción en los ojos de él; antes siempre era así, y ahora también.

En el fondo, incluso habían sido sus salvadoras y las de sus bebés.

No le quedaba más remedio que suplicarle, pues sabía muy bien que Valerio no perdonaba a quien se atreviera a llevarle la contra.

Tras decir eso, Erika esperó su respuesta en completo silencio.

Valerio caminó hacia ella a paso lento. Justo antes de acercarse demasiado, se detuvo y le preguntó con un tono indescifrable:

—¿Nada más? ¿No hay ningún otro favor que me quieras pedir?

Erika ni siquiera titubeó y negó de inmediato con la cabeza.

Valerio la observó unos instantes con los ojos entrecerrados y luego caminó hasta el sillón para sentarse.

Ella seguía esperando a que él accediera, por lo que no le quitó la mirada de encima.

Recostado en el respaldo con las piernas cruzadas, Valerio irradiaba una elegancia y un porte inigualables.

Ni siquiera los dos vendajes que llevaba en el cuerpo le restaban un gramo de su atractivo.

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