—Que entre también el familiar; los demás, por favor, esperen afuera.
Erika enmudeció.
Por lo que ella sabía, ese hospital no era privado.
¿Por qué ese doctor trataba a Valerio con tanta reverencia y sumisión?
Además, ¿qué asunto tenía Valerio para meterse?
Aunque era verdad que debía agradecerle por haber traído a los niños al hospital, eso no justificaba que participara en la consulta médica, ¿o sí?
Erika observó cómo Valerio entraba al consultorio y los doctores y enfermeras lo seguían. Justo cuando iba a protestar, Adrián la tomó del brazo por detrás y le susurró:
—Eri... No hagas caso de esto por ahora, solo entra. La manera en que el doctor lo trata también nos conviene, seguro que no se va a equivocar en el diagnóstico de Alma. Ve, yo te espero en la puerta.
Erika dudó por un momento, pero terminó asintiendo y entró en el consultorio.
Nada más cruzó la puerta, una enfermera la cerró detrás de ella.
Valerio la tomó del brazo y la obligó a sentarse, soltándola de inmediato.
A Erika ni siquiera le dio tiempo de procesar su aturdimiento; toda esa escena le parecía incomprensible.
¿Cómo podía tener la cara tan dura? ¿Por qué siempre actuaba como si tuviera el control absoluto de todo?
Erika le lanzó una mirada de reojo y luego se volvió hacia el médico:
—Doctor, ¿por qué a mi hija le sangra la nariz?
—¿Le había sangrado antes? ¿O había sangrado tanto como hoy? ¿Le dolía?
Erika contestó con todo detalle:
—Desde el año pasado ha tenido tres episodios, ninguno con dolor, pero en uno también le sangraron las encías.

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