Lo único malo era que su mirada profunda y penetrante seguía reflejando una frialdad absoluta, incluso peor que antes.
Cuando Valerio clavó los ojos en ella, no se enfocó en otra cosa más que en su vientre.
A Erika le dio escalofríos tanta intensidad, así que dio un paso de forma instintiva para esquivar la mirada.
En ese momento, escuchó la voz indiferente de Valerio:
—Cuando salgan los resultados de la prueba de paternidad, entonces decidiré qué hacer.
Erika se quedó callada; no se imaginaba de cuánto valor se había armado para pedirle ese favor.
Y él seguía lleno de desconfianza.
En fin, ¿de qué servía que le creyera de todos modos?
Erika habló con tranquilidad:
—Estoy de acuerdo con que hagas la prueba de paternidad. En cuanto lo agendes, avísame y llegaré puntual. Gracias por la comida. Ya me voy, así que por favor regrésame mi ropa y mi bolsa.
Valerio se levantó del sillón sin ninguna prisa y soltó con tono autoritario:
—Ponte la ropa que está en el esquinero y baja a la sala.
Dicho esto, salió de la habitación sin siquiera mirar atrás.
Erika se quedó paralizada unos segundos. Solo hasta que escuchó el cierre de la puerta, caminó hacia el mueble.
Desdobló el vestido negro y frunció el ceño.
Era de su talla; mejor dicho, de la talla que necesitaba ahora. Era amplio, suave y perfecto como ropa de maternidad.
Debajo de la prenda había una caja. Al abrirla, descubrió unos zapatos muy cómodos que parecían quedarle a la medida.
Erika hizo memoria: Valerio no le había rebatido su comentario de irse, tal vez ya pensaba dejarla salir de la casa.
Se cambió a toda velocidad y bajó las escaleras con prisa.
Pero al llegar a la planta baja, se quedó de una pieza.
En el elegante y lujoso recibidor, Valerio estaba sentado en un sillón individual como si fuera un rey. A su lado, Diego se mantenía de pie con sumo respeto.
Y frente a la mesa de centro se encontraban de pie Lorena, Vanesa, dos de las modelos ¡y Cristina!
En cuanto Cristina la vio, corrió hacia ella:

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