Estaba pensando en eso cuando, de pronto, la mano de Valerio apareció en su campo de visión. En la palma abierta descansaba un celular.
—Oye, ¿a quién quieres llamar? Puedes usar el mío.
Erika dudó un momento, pero no lo tomó. Hizo una pausa y dijo con frialdad:
—Necesito avisarle a Martina, si no me encuentra, se va a preocupar mucho.
—¿Ah, sí? Ella ya vino, junto con ese tal Lozano —respondió Valerio mientras guardaba el celular.
—¿Qué? ¿Y dónde están? —preguntó Erika con tensión, palideciendo.
¿Habían venido? ¿Cuándo pasó eso?
Valerio no quería dejarla ir. Conociendo la historia entre ellos dos, y viendo la actitud actual que ella tenía hacia él, sus amigos seguro no se quedarían de brazos cruzados. Si se armaba un pleito... no quería ni imaginarse qué pasaría.
Al pensar en esto, Erika soltó de inmediato lo que más le angustiaba:
—¡¿Acaso los encerraste?!
Valerio dejó escapar una sonrisa amarga al escucharla. Se acercó paso a paso y le preguntó con voz grave:
—Erika, ¿tan mal concepto tienes de mí?
Erika lo ignoró por completo y siguió insistiendo:
—¿Qué les hiciste?
Martina tenía mecha corta y siempre la había defendido a capa y espada. Y por esa misma lealtad, también detestaba a Valerio con toda su alma.
En cuanto a Adrián... Erika no terminaba de descifrarlo, pero tras lo sucedido con sus padres, él seguía creyendo que Valerio era el culpable. No sería raro que en un arranque de locura hiciera una barbaridad.
Erika se preocupaba cada vez más. Si las cosas eran como se las imaginaba, Valerio no se los iba a perdonar.
—Ay, perdóname, no fue a propósito...
Valerio se limpió el agua de la comisura de los labios, esbozando una sonrisa tétrica.
—Erika, me doy cuenta de que apenas y te conozco. ¡Dámela otra vez!
Su última orden sonó casi a regaño, y en su mirada brillaba algo inescrutable.
Ella se detuvo un momento y volvió a tomar otra pastilla para dársela. Pero justo cuando sus dedos estaban a punto de rozarle los labios, Valerio abrió la boca y metió tanto la medicina como sus dedos.
A Erika se le revolvió el estómago por la sorpresa.
Presa del pánico, retiró la mano rápidamente, soltando mil groserías en su mente. Él alzó una ceja y, con toda la calma del mundo, bebió agua para tragarse la pastilla, sin quitarle los ojos de encima, luciendo increíblemente engreído.
Erika lo fulminó con la mirada y se dio la vuelta para darle la espalda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón