Los días en la mansión Ramírez, esperando los resultados, fueron un infierno helado para Erika.
A pesar de que Valerio la trataba con suma atención, el dolor en su interior era imborrable.
Erika se volvió retraída; sus respuestas eran cortantes y distantes, limitándose a asentir de vez en cuando.
Llegó al punto en que, apenas terminaba de comer, subía corriendo a su recámara y ponía el seguro, encerrándose en su propio mundo.
A veces, se quedaba embelesada frente a la ventana.
Otras, se recostaba en la cama y cerraba los ojos para recordar su pasado.
Durante esa eterna espera, el peso en su corazón se hizo cada vez más grande.
Esa tarde, Valerio volvió a tocar a su puerta:
—Abre, tenemos que platicar.
Erika, que estaba sentada en el balcón, se levantó con pesadez y entró a la habitación. Respondió con frialdad frente a la puerta cerrada:
—Dime, te escucho.
Valerio insistió, sin ceder:
—Dije que abras.
Erika se mantuvo firme en su postura:
—No quiero verte. Dímelo por ahí.
Apenas terminó de hablar, la voz de Valerio resonó desde el pasillo:
—Erika, ¿no quieres escuchar lo que tengo pensado para los niños?
Al oír mencionar a sus hijos, las manos de Erika se aferraron a su ropa por instinto.
Apretó con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Contuvo la respiración y replicó con voz grave:
—Valerio, ya te lo dije: si te atreves a quitármelos, te juro que me vas a conocer.
Después de esas palabras, todo quedó en un silencio sepulcral del otro lado.
Un segundo después, él se coló en la habitación sin el menor esfuerzo y cerró la puerta a sus espaldas.
Erika hizo una mueca; sin ganas de discutir, caminó a guardar la ropa.
Por el rabillo del ojo, vio cómo Valerio iba hacia el sillón y se sentaba.
Adoptó la misma postura de siempre: recargado en el respaldo y con una pierna cruzada sobre la otra.
Esa actitud tan arrogante y segura de sí misma irradiaba una asfixiante presión invisible.
Erika se volteó para sacarlo por completo de su campo de visión y siguió acomodando sus cosas, ignorándolo por completo.
Al cabo de un rato, escuchó la voz gélida de Valerio a sus espaldas:
—El chofer perdió tu bolsa. Esto es para compensarte.
Erika volteó a ver de reojo; era la bolsa que él traía en la mano al entrar. Por la envoltura, se notaba que era de una marca internacional de lujo.
Ella contestó con indiferencia:
—Mi bolsa me costó setenta pesos. Una compensación tan cara del señor Ramírez me queda grande.

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