Y dio la orden de que todo el equipo trabajara día y noche para obtener los resultados lo más rápido posible.
La toma de muestras terminó.
Sentada en el pasillo, Erika parecía un alma en pena. Miraba el suelo bajo sus pies con la vista perdida.
Tenía el rostro pálido como el papel y los labios le temblaban ligeramente; parecía querer decir algo, pero no lograba articular palabra.
Aunque todo se estaba llevando a cabo en secreto, sentía que su dignidad había quedado por los suelos.
Un hombre que no la amaba creía que se había acostado con otro. Ese gran despliegue para la prueba de paternidad era, en sí mismo, un insulto para ella.
Era como si un cuchillo afilado se hubiera clavado sin piedad en su interior, haciéndole el corazón pedazos.
En el desolado pasillo, aparte de Diego, que estaba sentado en una silla, y de los guardaespaldas a su lado, no había nadie más.
El tiempo pasaba minuto a minuto. Pareció transcurrir una eternidad hasta que Valerio salió caminando con calma de una de las habitaciones.
Cuando los zapatos de cuero de él entraron en el campo de visión de Erika, ella levantó lentamente el rostro bañado en lágrimas. Sus labios temblaron y, sin poder contenerse más, le reclamó:
—Valerio, ¿por qué me haces esto?
La voz de Erika estaba llena de dolor y desesperanza.
Valerio tragó saliva un par de veces y se sentó despacio a su lado.
Su semblante se volvió aún más sombrío. Apretó los labios, como si intentara con todas sus fuerzas controlar sus emociones:
—Erika, no tienes por qué culparme. Te agradezco que hayas cooperado para darme una explicación. En cuanto salgan los resultados, te diré por qué tenía que hacer esto.
Aunque sus palabras sonaban tranquilizadoras, su tono ocultaba una frialdad que se clavó sin piedad en el corazón de Erika.
Las lágrimas se le acumularon en los ojos, a punto de derramarse en cualquier momento.


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