¿O acaso solo posponía la operación porque ella estaba delicada de salud?
Mientras le daba vueltas a las palabras del hombre, Erika clavó sus ojos en él.
Tal vez Valerio pudo leerle el pensamiento, porque enseguida aclaró:
—Se canceló la cirugía. Ponte a comer.
Ante aquella confirmación, Erika sintió que se le cerraba la garganta y tuvo que contener las lágrimas.
Se quedó paralizada un buen rato hasta que finalmente agarró el plato que le ofrecía.
Empezó a comer despacito, pero al sentir que había una luz de esperanza para sus bebés, el hambre se le despertó de golpe.
En muy poco tiempo, la mitad de la comida había desaparecido.
Pero de principio a fin, Erika no cruzó ni una sola palabra con él.
Y Valerio tampoco tenía intenciones de irse. Se quedó sentado en silencio a un lado, sin quitarle los ojos de encima en ningún momento.
Cuando Erika terminó y se sintió satisfecha, volvió a recargarse contra la cabecera con la mirada perdida.
No quería ponerse a adivinar qué hacía ahí ni qué pensaba decirle.
Ni siquiera quería verlo, mucho menos platicar con él.
Después de un largo rato de mutismo, Valerio por fin rompió el silencio:
—Descansa bien aquí. Cuando te den de alta, te llevaré de regreso a la mansión.
¿Que la iba a llevar a la mansión?
Lo decía como si fueran un matrimonio normal que iba al hospital por una consulta y luego volvía a casa.
Erika reaccionó a sus palabras y espetó con frialdad:
—Ya que la cirugía se canceló, lárgate. Y de ahora en adelante, no nos volvamos a ver.
Tras decir eso, se dio la vuelta dándole la espalda.
A sus espaldas, primero se escuchó un suspiro, y luego la voz profunda de Valerio:
—¿Qué, no lo entiendes? Los acepto... a ti y a ellos.
Erika giró la cabeza para mirarlo, como si estuviera viendo a un extraterrestre.
¿Qué demonios estaba diciendo? ¿Cómo era posible que esas palabras salieran de la boca del arrogante Valerio?
¿Acaso durante el tiempo que ella estuvo inconsciente, él había descubierto la verdad?
Pero ni bien se había cubierto, él tiró de la cobija con brusquedad.
Sostuvo una esquina de las sábanas, titubeó un momento, y luego se las acomodó a la altura de las piernas.
—No hagas berrinche y quédate aquí tranquila —ordenó con suavidad.
Mientras hablaba, se levantó de la silla.
Dio un par de pasos hacia la puerta y se detuvo:
—Erika, contéstame algo.
Ella seguía sentada e inexpresiva, sin pronunciar palabra.
Valerio se acercó de nuevo, recargó las manos en el borde de la cama y preguntó:
—¿De dónde sacaste el collar que traías en el cuello?
Al escuchar su pregunta, Erika levantó la cara para mirarlo.
¿El collar? ¿No que lo había tirado?
¿A qué venía esa pregunta?

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