En la habitación del hospital.
—Presión arterial normal...
—Electrocardiograma estable...
—Todos los signos vitales están dentro de los parámetros...
Erika se despertó por el bullicio de las voces y el rítmico pitido de los monitores.
Abrió los ojos poco a poco y lo primero que vio fueron los rostros ansiosos del personal médico.
—Señorita Milán, ¿ya despertó? ¿Cómo se siente?
Ya fuera porque a sus ojos recién abiertos les calaba la luz fuerte o por el puro agotamiento físico y mental, dos lágrimas brotaron de inmediato y rodaron por sus mejillas.
Separó sus labios resecos, pero no le salió la voz.
Al verla en ese estado, el doctor dejó escapar un leve suspiro y le habló con tono amable:
—Señorita Milán, ¿durante las primeras semanas del embarazo también presentó sangrados o llegó a desmayarse? Por un lado, está muy débil, y al ser un embarazo de trillizos, es lógico que el cuerpo resienta la carga.
»Por el otro, usted padece de una hipoglucemia severa, algo que es común en pacientes embarazadas. Lo de hoy seguramente fue provocado por el estrés y un fuerte impacto emocional, lo que le causó un ligero sangrado, pero no hay nada de qué preocuparse. Le recetaré suero con vitaminas. Solo necesita descansar bien y pronto se recuperará.
Mientras lo escuchaba, Erika se llevó una mano al vientre de forma instintiva; el pecho se le oprimía por la angustia.
Al notar su gesto, el médico se apresuró a aclararle:
—Los bebés están en perfectas condiciones. Relájese y recupérese.
Erika le dedicó una mirada inexpresiva, para luego voltearse lentamente y hacerse bolita en la cama.
Al ver que no tenía intención de hablar, el doctor salió de la habitación junto con el resto del personal.
Una vez que el cuarto se quedó en total silencio, Erika volvió a abrir los ojos y observó su entorno con lentitud.
Era una suite de hospital, igual de lujosa que en la que había estado internado Ireneo.
¿Había sido obra de Valerio? ¿De verdad ya no iban a operarla?
¿Que tenía problemas cardiovasculares? Aparte de sus bajones de azúcar, no padecía de absolutamente nada.
Valerio habló con voz plana. Sin esperar la respuesta de Erika, desplegó la mesa plegable de la cama.
Abrió los recipientes que traía: consomé, guisados nutritivos, fruta. En cuestión de segundos, la pequeña mesa quedó cubierta de comida.
Erika miró los recipientes con ojos vacíos, sin mover un solo dedo.
Valerio soltó un ligero suspiro, tomó uno de los recipientes y se lo acercó, ordenando:
—Cómetelo.
Ella lo miró de reojo con suma frialdad y continuó inmóvil. Su mirada era como un pozo oscuro, carente de emociones.
Valerio apretó los labios y añadió:
—Si no comes, los bebés se van a morir de hambre.
Lo dijo sin el más mínimo rastro de sentimiento, como si estuviera dándole órdenes a sus empleados en la oficina.
Erika frunció el ceño. ¿De verdad ya no iba a obligarla a abortar?

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