Al día siguiente...
La luz del sol se filtraba por la ventana de la habitación del hospital.
Erika despertó lentamente.
Desde que le administraron el suero nutritivo hasta después del desayuno, mantuvo la mirada perdida.
Sofía la cuidaba con mucha atención, pero Erika no pronunció ni una sola palabra.
Su rostro carecía de expresión, como si estuviera en la calma que precede a la tormenta.
Había pensado en mil formas de escapar de allí, pero ninguna parecía viable.
Convencer a Sofía de ayudarla era una causa aún más perdida.
Cerca del mediodía, la puerta se abrió suavemente y Valerio volvió a aparecer.
Detrás de él entró Diego, cargando un montón de bolsas de distintos tamaños.
Antes de que Erika pudiera siquiera mirarlos, escuchó a Diego decir:
—Señora Ramírez, esta es ropa limpia, suplementos y productos para el cuidado de la piel que el señor Ramírez compró personalmente para usted...
Erika movió los ojos lentamente y lo interrumpió con frialdad:
—Tengo nombre, me llamo Erika.
El rostro de Diego mostró un rastro de incomodidad y cerró la boca de inmediato.
Acto seguido, acomodó las cosas rápidamente y se quedó de pie a un lado con actitud respetuosa.
Valerio hizo un ligero ademán con la mano, y tanto Diego como Sofía salieron de la habitación en silencio.
Él guardó silencio un momento, luego caminó a paso lento hasta sentarse al borde de la cama y preguntó en un tono neutral:
—¿Cómo te sientes hoy?
Erika le dirigió una mirada indiferente y desvió los ojos de inmediato.
A Valerio pareció no importarle su frialdad.
Tomó una manzana del buró y, mientras la pelaba, comentó:
—Te lo repito: en cuanto te den de alta, volverás a vivir a la mansión Ramírez.
Erika lo miró llena de incredulidad, soltó un bufido y le reclamó molesta:
—Valerio, ¿de verdad se te olvida que ya nos divorciamos? ¿O necesitas que alguien te explique con peras y manzanas qué significa el divorcio de un matrimonio?
Él observaba la manzana caída con el ceño fruncido.
Mientras Erika lo veía, él se puso de pie de repente.
Pensando que lo había hecho enojar, ella retrocedió instintivamente.
Valerio detuvo su movimiento de golpe, giró la cabeza lentamente, clavó la mirada en ella y preguntó con un tono burlón:
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te pegue?
Erika tragó saliva con disimulo y no respondió.
Ante sus ojos, Valerio ya caminaba hacia la manzana.
Se agachó para recogerla, fue al baño a lavarla y regresó.
Tras sentarse de nuevo, Valerio se le quedó viendo y comenzó a comerse la manzana sin inmutarse.
Erika observó la escena con frialdad, sin dar crédito a lo que veía.
¿Desde cuándo era tan sencillo?
En el pasado, si algo se caía, por más limpio que estuviera el plato, jamás se lo habría comido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón