¡Pero hoy se estaba comiendo algo que había caído al piso!
Y además, ¿desde cuándo tenía tan buen carácter?
Si esto hubiera pasado antes y ella se hubiera atrevido a tirarle algo de las manos, seguro la habría fulminado con la mirada.
Erika se quedó callada, viéndolo de reojo de vez en cuando.
Cuando Valerio terminó la mitad de la manzana, se limpió las manos con una toallita húmeda y volvió a hablar:
—Ya te avisé cuál es mi decisión. Si no hay nada más, me retiro.
Al ver que se levantaba de nuevo, Erika se apresuró a detenerlo:
—Valerio, ¿es que no entiendes cuando alguien te habla? Ya nos divorciamos, ¿qué ganas con seguir acosándome de esta manera?
Valerio se acomodó la ropa y respondió con indiferencia:
—No te estoy acosando, solo voy a llevarte a casa.
—¿Y yo ya acepté? ¿En qué momento te dije que estaba de acuerdo? —le reprochó Erika.
Erika trataba de contener el coraje que le hervía por dentro; sentía que el hombre frente a ella simplemente estaba siendo un descarado.
Y cuando alguien se portaba así, discutir no servía de nada.
Diera lo que dijera, sería inútil.
Valerio se quedó callado un largo rato antes de contestar:
—Tómalo como un pago por tu deuda.
¿Deuda?
Erika abrió los ojos de par en par.
—¿Deuda? ¿Qué deuda? ¿Cuándo te he debido yo algo a ti? —preguntó a toda prisa.
¿Acaso no le bastaba con pisotearla, que ahora también le inventaba deudas?
Erika de pronto reaccionó y pensó que tal vez Valerio se refería a los gastos del hospital, así que se apresuró a aclarar:
—¿Te refieres a la cuenta del hospital? Pierde cuidado, en cuanto me den de alta te la pago.
—Esta es la factura y viene sellada. Además, eres fotógrafa profesional; tú mejor que nadie deberías saber de qué nivel es ese equipo.
La voz de Valerio sonó tranquila y grave, sin el más mínimo rastro de emoción.
Erika extendió las manos temblorosas y tomó el documento con cautela.
Lo sostuvo por las esquinas, pero no se atrevía a mirarlo.
Si él podía mostrarle aquello, significaba que el precio del equipo era exactamente el que afirmaba.
A pesar del pánico que la invadía, Erika le echó un vistazo rápido a la hoja y se la devolvió de inmediato.
Esta vez se quedó en completo silencio. No sabía qué decir y se sentía totalmente perdida sobre qué hacer a partir de ahora.
¿Con qué le iba a pagar ese dineral?
Aunque empezara a trabajar en ese preciso instante, las veinticuatro horas del día sin descanso... Probablemente llegaría a vieja y seguiría endeudada.
...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón