Erika ya se había dado cuenta de que Isabel llevaba unos shorts ajustados y un top corto.
Mostraba su cintura blanca y juvenil, lo cual llamaba bastante la atención.
Al verla entrar junto con Valerio, Isabel corrió hacia ellos y saludó a Valerio con voz dulce:
—Hola, Valerio. Eres mucho más guapo que en las noticias, te ves muy varonil.
La mirada de Valerio apenas se detuvo en Isabel y pasó directamente al rostro de Erika.
—Ve a sentarte al sofá, el postre estará listo en un momento —le dijo él.
Erika frunció un poco el ceño. ¿Cómo era posible que toda su familia hubiera entrado a la mansión sin el permiso de Valerio?
Todavía no lograba descifrar qué pretendía hacer Valerio.
No le quedaba más remedio que observar y esperar.
Erika le echó una mirada rápida a Isabel y, siguiéndole la corriente a Valerio, se acercó al sofá.
Cuando ya se habían alejado un poco de Isabel, Erika volteó a verla.
En ese instante, notó cómo Isabel no le quitaba los ojos de encima a Valerio.
Erika tenía la sensación de que esa muchacha ya no era la misma de siempre.
Tal vez había crecido, o quizá su estancia en el extranjero le había cambiado la mentalidad.
Lo cierto es que aquella muchacha, antes tan sencilla, ahora daba una impresión difícil de explicar.
Además, sin importar hacia dónde estuviera mirando, su vista siempre regresaba a Valerio, de forma intencional o no.
Mientras Erika pensaba en esto, Valerio le susurró al oído:
—Platica un rato con tu familia, voy al estudio a checar unos asuntos de trabajo.
Erika ni le contestó. Seguía dándole vueltas a la idea de si podría usar a esos chupasangres para encontrar una forma de escapar de ahí.
Apenas Valerio subió las escaleras, Penélope se le pegó a Erika.
—Ay, Eri, te lo dije. Mi yerno solo estaba haciendo berrinche por una peleíta. Ya ves, al final te trajo de regreso.
Erika la miró con indiferencia.

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