Isabel contestó sin pensar:
—Sí traje, sí traje. Pero el chofer nos hizo dejar todo en el coche. Oye, Erika, ¿a poco Valerio es tan importante que ni siquiera se pueden meter bolsas a su casa?
Erika le siguió la corriente y asintió.
—Sí, Valerio es muy especial. Todo se tiene que hacer exactamente como él dice. Pero bueno, si te vas a quedar a dormir, luego le decimos a mamá que te prepare unas cosas. Y si...
Erika se interrumpió y volteó instintivamente hacia las escaleras. Al confirmar que Valerio no había bajado, añadió:
—Si no puedes estar sin el celular, le puedes decir a mamá que te lo esconda entre la ropa para meterlo a escondidas.
A Isabel se le iluminaron los ojos.
—¡Ay, obvio no puedo vivir sin celular! En esta época, me vuelvo loca si no lo tengo. De hecho, ahorita ya me andaba urgiendo ir a sacarlo del coche, pero me daba miedo que Valerio se enojara.
Erika se quedó pensando un segundo y le dijo:
—Sí, como tiene un carácter tan raro, mejor que ni se entere.
Erika supuso que si el chofer les había pedido dejar las cosas en el coche, era porque Valerio se lo había ordenado.
Seguramente él quería bloquearle cualquier oportunidad de conseguir un teléfono.
Al llegar a este punto de la plática, Erika sintió que ya había logrado su objetivo. Se puso de pie lentamente y, con su misma actitud amable, concluyó:
—Entonces ya quedamos. Pueden dar una vuelta por la casa si quieren, la cena ya casi va a estar lista. Yo me siento un poco cansada, así que iré a descansar un rato.
—Sí, sí, claro que sí —respondió Penélope sin parar, mostrándose más servicial que los propios empleados de la mansión.
Erika resopló con sarcasmo para sus adentros. Bien dicen que con dinero baila el perro.
Solo que en este caso, aplicaba perfecto: con dinero baila Penélope.
Al verle la cara de lambiscona, Erika no pudo evitar recordar lo que pasó hace poco en la parada del autobús.
Cuando Penélope la agarró de los pelos y la golpeó.

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