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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 228

—¿Por qué no fuiste a tomarte la sopa que te hizo Sofía? ¿Qué haces escondida en el cuarto? —preguntó Valerio con tono gélido.

Erika intentó actuar con naturalidad: —Me cansé un poco y subí a acostarme un rato.

Valerio la barrió con la mirada. Aún tenía manchas de carbón en la cara; seguro ni se había asomado a un espejo.

Se vio que los empleados habían sido discretos y nadie se lo había dicho.

—Ya te dije, si estás cansada, descansa —comentó Valerio, dando un paso hacia adentro.

Al verlo entrar, Erika se apresuró a decir: —Ya descansé lo suficiente, ya me voy para abajo.

—Espérate.

Apenas había dado un paso fuera del cuarto cuando él la detuvo, y en seguida escuchó que decía:

—Ya casi todos terminaron de comer, no te necesitan allá afuera. Ahorita bajas a tomarte la sopa.

Erika se frenó y asintió despacio: —Está bien.

—Ven acá —le ordenó él con la misma frialdad.

Erika no se movió, solo preguntó con excesiva formalidad:

—¿Tiene alguna otra instrucción, señor?

En un instante, Valerio ya estaba frente a ella y le reclamó:

—¿Instrucción? ¿Tú quién te crees que eres aquí?

Sintiendo que él empezaba a molestarse, y para evitar hacerlo enojar más, respondió con tranquilidad:

—Hoy estoy como empleada, ¿no? Por eso le hablo así.

Al oírla decir eso, Valerio relajó un poco el ceño.

Señaló hacia adentro de la habitación con la barbilla. —Entra. Tenemos que hablar.

—Ah, bueno —contestó Erika dudando por un segundo, y volvió a meterse al cuarto a paso lento.

—La ciencia no miente. La gente sí.

Un deje de amargura cruzó los labios de Erika, pero enseguida se forzó a mostrar una sonrisa calmada.

—Tienes toda la razón, la ciencia es exacta, las bocas mienten. Pero bueno, ibas a decir algo más, te escucho.

Una chispa de confusión apareció en los ojos de Valerio, pero prosiguió con lo que estaba diciendo:

—Y si resulta que... si asumiéramos que la prueba anterior estuvo mal y se confirma que los niños son míos. Aún así, me debes una explicación por las fotos en la cama del hotel.

Erika agachó la cabeza, con la vista clavada en el piso. Ya había preguntado lo único que le importaba.

Lo demás le valía madre, pero sabía que no era el momento de pelear.

Erika tomó aire y respondió con voz monótona:

—Aunque la mujer de las fotos sea idéntica a mí, te juro que no soy yo. Pero no tengo cómo probarlo, y como a ti solo te interesan las pruebas... si tú crees que soy yo, pues entonces soy yo.

Erika se había tomado el tiempo de analizar a fondo aquellas fotografías el otro día.

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